Ana notó que el cielo tenía un azul diferente al de siempre, era una mañana de Febrero. Estaba convencida que el cielo le hablaba de múltiples maneras, le hablaba también a través de sus colores.

Hace varias semanas había conocido a José, el uruguayo. En una salida al pueblo, para comprar algunas cosas del mercado, él se acercó a ella, preguntándole: ¿es usted de por aquí?. Ana le sonrió, y le explicó en una sola frase, seis meses de destierro: como si lo fuera, ¿ no le parece que uno resulta siendo del lugar en donde pueda respirar?. Desde aquel día iniciaron ciertas conversaciones cada vez que se encontraban; ella vivía a las afueras del pueblo, y él en un hotel en toda la plazoleta central.

José, era un escritor. Había llegado a este lugar, en busca de un espacio para escribir. El no sabía por qué necesitaba alejarse tanto de sus lugares habituales, para hacerlo. El irse, había surgido como urgencia cierta; tomó sus ahorros, su maleta, algo de ropa, y viajó; el trabajo se lo permitía, ya que redactaba algunos artículos para revistas que mandaba en entregas quincenales por internet.

El era muy tranquilo, algo desaliñado, con unos grandes ojos negros, una barba café, que hacían un conjunto en su rostro que a Ana intrigaba; le recordaba a ciertas imágenes religiosas de cuadros de Jesús, pero también a un hombre que conoció por la época de la universidad.

JOSE al hablar , acostumbraba peinarse la barba de la quijada con la mano, en un gesto lento y pensativo, que hacía reir a ANA. Conversaban sobre sus gustos literarios y cierta afición que había ido naciendo reciente y casualmente en ambos, hacia la fotografía. El compartía el gusto de Ana por el café caliente, por el vino de apocos, y por las uvas. Por eso cuando iba a visitarla los miércoles, también los viernes, y luego poco a poco, casi todos los días, llevaba generalmente algo, que alternaba entre un delicioso vino tinto, que claro!! el conocía muy bien, o un racimo gigante de uvas, que comían mientras hablaban, callaban, aveces hasta dormitaban, leían, escribían, hacían algún arreglo, escuchaban música, y eso sí seguro, siempre mientras Ana cocinaba algo ligero para cenar.

Fueron construyendo una cotidianidad sin apuro, sin afanes, sin exigencias; pero con compromisos mudos. Por ejemplo José, no dejaba pasar el día sin saber cómo estaba Ana, o si necesitaba algo. Y Ana, no dejaba de llevarle cuando iba al pueblo, algún bocadito de los platos que le encantaba cocinar; pastas, ensaladas, arroces, que además ella decoraba con un papelito de color que llevaba el nombre del delicioso plato: arroz a la primavera, pasta al cielo azul, ensalada feliz... 

Era soprendente para Ana sentirse tan libre, con José. El no era ni complicado, ni complejo; características de los últimos caballeros que ella había conocido. Era ligero, tranquilo, dispuesto, conversador, sensible, sincero, sin dramas. Y a la vez tenía esa faceta tan encantadora de un hombre, y es que sepa que es él quien protege, y de maneras dulces lleva de cierta manera, las riendas; y no un niño perdido por proteger, sin saber nunca qué dar.

Alguna noche, en el silencio de la casa de ANA, con la chimenea aún viva, él le citó ese apartado de cierto libro del que ya habían hablado:"Nuestra amistad ha llegado a un punto de madurez en el que ya somos parcialmente dueños el uno del otro". Qué significa eso para tí, le dijo Ana. Que me está pasando algo mayor a enamorarme de tí; creo que podría pasar la vida contigo, más allá del enamoramiento; dijo JOSE.

Ana lo miró sin entender muy bien; dices... ¿que me quieres?; él dijo: nooo!! peor que eso!; Ana río dulcemente, qué quieres decir entonces. Que el quererte me plantearía la alternativa de pensar, en qué quiero contigo; pero lo que vivimos es ya la vida contigo, anhelo estar a tu lado, para cuidarte, amarte, y escribir juntos; eso es más allá del enamoramiento, es entender que soy parcialmente tu dueño, es entender que eres para mí, y yo para tí; que eres mi amiga, tan amiga que te has hecho parcialmente mi dueña al amarte... No pregunto, lo sé.

Ana miró la taza que tenía en la mano, ¿más café? preguntó, él con una carcajada nerviosa, le dijo sí, pero ven acá... Ana, ¿cómo quieres que vivamos juntos?; ella mientras servía el café, sin apuro, sin verguenza, sin dudarlo, respondió: un tiempo aquí, y luego vamos a dónde tu quieras, tal vez a Uruguay.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: