Ana se encontró recordando a aquel caballero. Se le antojó imaginar, cómo sería este día con él.

Ana preparó un café, abrió su ventana, los tremendo rayos de sol invadieron su habitación, con una luz nueva. Sonrío, suspiró y agradeció sentirse feliz, y entonces imaginó...

Tal vez esa mañana hubiesen despertado juntos, luego de una noche tranquila, despertarían con un hermoso, luchado y lento saludo tántrico, que finalizaría con un largo abrazo de rendición. Luego del silencio compartido, Ana se levantaría a preparar algo para todos; pues seguramente en esa casa, por un tiempo habitarían todos los que hacían parte íntima de la vida de ambos, en total serían cinco y dos perros, tal vez la vaca podría estar allí también, ante las peticiones dulces de Ana.

Este caballero, meditaría en sus silencios; se sorprendería de sentirse feliz, aún así buscaría algún motivo para no estarlo, sin encontrar nada; repasaría algunas noticias y poemas. Se bañaría, se vestiría con el blue jean de siempre, los tenis de siempre, la camiseta de siempre, pero eso sí, muy bien planchada; la camisa de siempre, tal vez la que Ana prefería entre las dos que tenía, el buso gris de siempre y la chaqueta negra de siempre, que alternaba con una gris.

Poco a poco todos irían despertándose, y acercándose a la cocina para tomar algo calientico que ANA tenía listo en una estufa de carbón. Ella hablaría feliz de muchas cosas, del menú del día, de las noticias, de la hermosa mañana, preguntaría a cada quien cómo se sentía, lo que responderían con monosílabos parcos; le ayudaría al que necesitaba cuidados médicos, besaría muchas veces a su hijo, y consentiría a los dos perros.

Luego, con un beso diferente a los de antes, se despedirían con el caballero, ya que seguramente él, luego de desayunar saldría a visitar a alguno de sus amigos de siempre. ANA se deleitaba respetando los tiempos y formas de este caballero, que sin proponérselo, se parecía ahora a un príncipe, a quien ella sentía había que respetar como era.

Ana escribiría sola, mientras su hijo jugaría a su lado. Al terminar se dispondría a caminar, y jugar algo de mesa, con el que necesitaba cuidados médicos, luego llevaría a su hijo a algún parque con los perros; dejando a la vaca rumiando en soledad, lo que le encantaba aveces compartir con el CABALLERO.

Al volver, almorzarían los seis; algo preparado por el estudiante de cocina, que Ana halagaría; con éste joven, aveces escribirían recetas compartidas, creando platos inexistentes para un futuro próximo.

Cada cual pasaría la tarde en lo suyo. Ana visitaría a su mamá con su hijo, y uno de los perros, posiblemente aveces con los dos; con su mamá compartiría algún nuevo secreto de cocina, de tantos aprendidos e inventados en las jornadas culinarias con aquel joven que buscaba conocer.

Allí seguramente la recogería el CABALLERO, vaciado ya de la angustia aprendida de sentrise absorbido, cada vez más anhelante, de volver a casa con ella.

Al llegar, Ana prepararía el menú especial para la noche, este caballero le hablaría de sus relatos del día, de sus recuerdos, de la hora de los malos, y llegaría a dormir una necesaria siesta por su edad. Mientras tanto con el fondo de un dulce jazz, y una copa de vino, Ana se encerraría como en un laboratorio celoso, a preparar la maravillosa cena. Llevándole un tinto al que necesitaba cuidados médicos, que innegablemente estaría mucho mejor ahora, compartiría tal vez un cigarrillo con él; le pondría suavemente, una manta al caballero, para que el frío no empeorara su dolor de corvas al dormir, y tal vez se devolvería a darle un beso al durmiente.

Al estar todo listo, cena, mesa, loza, vasos, velas; los llamaría a todos, que bajarían con el silencio que les caracterizaba, y con algo de aburrimiento por la costumbre de no ser endulzados por una mujer. Se soprenderían callados, por la maravillosa mesa, pero ninguno diría nada, solo tal vez algún reproche por la exageración innecesaria de Ana en los cuidados, pero en su corazón cada cual,  lo agradecería como un gesto con evocación maternal.

Cenarían, brindarían con jugo de mango, o piña, y cada cual se iría. Algunos le darían un pequeño regalo al hijo de ANA, que bastaría para hacerlo sentir pleno. El joven Cheff le regalaría un delicioso muffi elaborado por él, con decoraciones de colores y chocolate.

El caballero, tomaría una aromática con Ana mientras conversarían más y más, hasta decidir arruncharse juntos, tranquila y apaciguadamente.

Así pensaba Ana que tal vez, habrían pasado su primera navidad juntos. Al despertar el 25 de diciembre, prepararían un cargado desayuno, y partirían solos a algún paseo cerca de la ciudad, donde el caballero a su manera, consentiría a Ana y le agradecería sin palabras haber insisitido en amarlo.

Ana terminó el posible itinerario, de solo un día en su imaginación; simplemente tranquila, se halló feliz, con lo que había sido realmente el día. Se levantó a escribir en su SILENCIO.

 

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