Esa mañana todo había vuelto a empezar, Ana tenía una nueva oportunidad. Había estado esperando anhelante, el cambio de año, sentía que esa era una manera, en que de una u otra forma, todo puede ser nuevo; o por lo menos, intentaría una vez más, reconstruir todo.

Sabía que dependía más de lo divino que de ella, pero había invertido los últimos meses del pasado, en intentar alinearse con el cielo; por ello, esa mañana su esperanza era nueva.

La noche anterior agradeció todo, también volvió en un instante, a dolerle todo. Se despidió del pasado, en un acto necesario y liberador; varias cosas tendrían que cambiar, ya no habría caballeros en su vida, ni nostalgias por lo que no fué, ni dolores por lo que fué. Sus relaciones estaban en paz.

¿Cuál sería el primer paso?, no lo sabía muy bien. De repente tomó su baúl, allí donde depositaba lo que tenía de valor, armó rápidamente una maleta, solo con su portátil, unos libros, y se fué.

Al despertar de la siesta de un viaje largo, estaba en Nueva York; sin saber lo suficiente de inglés, sin saber a dónde llegar, sin contactos anticipados. Allí se detuvo a pensar algo aterrorizada, en qué había hecho; solo hasta ese momento, como despertando de una borrachera, se descubrió en medio de la ciudad, con la que tantas veces había soñado, que casi, casi conocía, por tantas películas sobre ella; pero que Ana en realidad, desconocía totalmente. 

Su instinto la llevó al Central Park, ya que allí, muchas veces se le ocurrían las mejores cosas, a los personajes de Woody Allen; posiblemente allí, encontraría alguna respuesta, de cómo continuar. Se sentó en una banca, cerca al hermoso puente de siempre, bello, en forma de trébol; no fué difícil llegar allí, preguntó en un criollo inglés, y un taxi la llevó. Allí pasó lo que quedaba de ese día hasta que oscureció, caminando, tomando un café que consiguió en el Mc Donalds cercano al parque.

De repente algo soprendente pasó, no lo podía creer, volvió a mirar bien, se detuvo, y allí estaba, el mismísimo, el genial, el seductor, al que tanto admiraba por sus películas. Allí cerca a ella, caminando solo, con una gabardina gris, sus gafas, su pelo muy blanco, era él. Ella corrió y para no asustarlo, pues sabía que temía hablar con las personas corrientes, al estar cerca disminuyó el paso, y le dijo Mr ¿Woody Allen?; él se detuvo sin mirarla, como quien es descubierto por estar escapando. Sorry Mister, i love you; your movies are wonderfull!!. 

El miró la maleta que ella llevaba, y le dijo, Hola; ah! ¿ usted habla español?, dijo Ana. Si señorita, algo. ¿Sabe señor?, usted ha sido la mayor inspiración para escaparme a esta ciudad, vengo de Bogotá. El seriamente le dijo, y eso, por qué?. Esta ciudad es indescriptible en palabras, tiene que andarse y sentirse, es indigna la descripción de Lester en Crimenes y faltas, ¿sabe? es como un lugar en Bogotá, llamado La Candelaria, pero a escala mayor. La vida se respira en este lugar, lleno de jazz, cafés, restaurantes, calles, arquitectura; y sus historias, las de sus pelícuas, que vuelan por el aire.

¿Dónde se va a hospedar? preguntó él. No lo sé, ¿qué lugar me recomienda usted?. Pues hay varios; esta noche me quedo aquí, mañana viajo a Barcelona, si usted quiere, puede quedarse conmigo hasta mañana, mientras decide. Ana no lo podía creer, recordó que alguna vez había soñado con una noche con él, en un retaurante, en el cine, con un vino, conversando de tantas cosas.. Claro que sí!!, se lo agradezo, respondió, sin ni siquiera escucharse.

Caminaron en silencio hasta el hotel; ANA tenía tanto qué preguntarle; entraron al hotel The Carlyle, era tal como lo había imaginado Ana, con cierta luz ténue, en colores madera, con algunos espejos, cuadros, algunos de Van gogh, elegante. Había un cartel en la recepción, que decía toningh Woody Allen & the Eddy Davis New Orleans Jazz Band. ¿Usted se presenta esta noche aquí?; sí señorita; no lo puedo creer, y ...¿podría yo asistir?. Claro, será mi invitada.

Entraron a la habitación; había varios libros de Dostoviesky en la cama, el portatil prendido con algunas letras escritas, un clarinete en el piso con varias partituras; una botella de vino acabada de empezar, caviar y un sandwich. Ana, sentía que iba a salirse de ella misma, no lograba darle crédito a lo que estaba viviendo.

Se puede quedar en la cama, yo dormiré esta noche en el sofa, de hecho es allí donde duermo. Me imagino que por aquello del diván, dijo ella sonriendo. El sonrió también, y se entró a bañar. Ana, apresurada, buscó algún vestido para la ocasión, tal vez el morado, tal vez el blanco, no,  eligió el negro. Era un vestido hermoso, que a ella le encantaba. Corto, en una tela muy especial, cuello en bandeja, con una dulce cremallera en el pecho. Sacó sus botas, medias negras, y algunas plumas, que le gustaba usar con ese vestido. Tuvo la inevitable tentación de leer, lo que estaba escrito, pero prefirió esperar

Miró su celular, decía 31 de Diciembre, debe haberse deconfigurado, pensó; hoy ya es 1 de enero. Tomó una copa, y golpió en la puerta del baño, señor.. ¿está bien si tomo algo de vino?. Claro, puede tomar lo que quiera, menos el clarinete. Ok gracias. Sirvió una copa, pensó en escribirle un wasap a alguien, para enterar al mundo de lo que le pasaba, pero prefirió dejarlo para ella.

Salió el señor Woody Allen, vestido, peinado, perfumado, con su estilo casual, y colores pastel que a Ana le encantaban. Se vé usted muy bien, le dijo ella. ¿Puedo tomar una ducha?, siga usted señorita. Ella se bañó, usó los jabones finos del hotel, susurró The way you look toninght, se vistió, tomó aire, y lista.

Al salir, el señor WOODY ALLEN la miró, y le dijo, ¿descansó?; sí, era necesario un baño. Se ve muy bien con ese vestido señorita, y le lucen la plumas. Gracias!! señor. ¿Quiere comer algo? le preguntó él. No, gracias, estoy bien así. Bueno, me adelantaré a hacer los arreglos de la presentación, aquí tiene este pase de cortesía, para que a las 8pm, baje al salón principal; se devolvió y le dijo, puede pedir lo que quiera, que se cargara a mi cuenta.

Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?; sí, una, dijo él con una gracia familiar; ¿usted qué cree del matrimonio? ...en varias películas, usted plantea un inevitable desencuentro al pasar de algunos años, de estar casada una pareja; pero en otras, usted plantea parejas que perduran como compañeros maravillosos. Por ejemplo en, Desde Roma con amor o mejor aún, en Un misterioso asesinato en Manhattan, en donde déjeme decirle, Larry, el personaje que usted hace, es un prínicpe total!!. El la miró encantado con la pregunta. Pues, lo pensaré,  ¿le parece si hablamos al terminar el concierto?. Claro que sí, cuando usted diga, dijo Ana como queriendo detener el tiempo de una noche, a un tiempo sin medida.

El señor se fué. Ana descansó un poco, intentó leer algo, pero todo estaba en inglés, aún así lo intento, traduciendo en su celuar algunas palabras, fue entendiendo. Tomó una foto, ya que nadie le creería lo que le había pasado, si es que decidía contarlo; en ese instante tuvo un fugaz pensamiento, y ¿mi cargador del celular, dónde está?, ¿mi perro?, ¿matilde, la vaca?, qué pasó, no recuerdo cómo, ni con quién, los dejó. Pero el pensamiento se escabulló. Se quedó dormida, despertó, y era la hora de bajar.

Bajó, entró al salón, mostró el pase, con el que más que amablemente, la llevaron a un puesto privilegiado. Allí en el escenario estaba este hombre, afinando los últimos detalles. Ella lo admiro, en cada paso de lo que hacía, silencioso y sencillo. Pidió una cerveza, la luz se apagó y empezó el maravilloso concierto de Jazz, con un solo de clarinete extraordinario, que conmovió hasta a las lágrimas a ANA. El concierto duró una hora, al terminar, Ana se paró dulcemente a aplaudir, sin que nadie más se levantara. El señor Woody Allen le sonrió, desde el escenario.

El saludó a varias personas, firmó algunos autógrafos y se fué a la mesa con Ana. Noté que disfrutó el concierto, y que estaba usted muy conmovida; ¿qué de esas notas, le conmovieron así?. Ella dijo: Innegablemente Usted. El la miró en silencio. ¿Quiere, ahora sí, que comamos?, dijo él. Bueno, dijo ella. El pidió un plato que ella no supo qué era. Ella pidió ensalada. Comieron en cierto silencio; hasta que él dijo: creo que el amor es lo fundamental de un hombre, sin amar no importa nada. Aveces es difícil, pero es posible para los que lo quieren, si son buenos compañeros será maravilloso. Ella le sonrió satisfecha. Gracias, le dijo.

Empezaron a conversar sobre las películas que había hecho, con tantos detalles por parte de ella, que él se sorprendió; Ana recitaba textos completos de algunas de ellas, ambos reían. El comentaba minuciosidades. Luego Ana le contó que ella escribía algunas cosas y que quería aprender a escribir al lado de alguien, él con encanto, como si fuera un anónimo, le comentó que también escribía.

Hacia la madrugada, él le dijo: están proyectando una película antigua en el teatro Royal,¿quisiera ir conmigo?. Ana no pudo evitar sentirse en Delitos y Faltas, la PELICULA en la que él va al cine muchas veces, a un ciclo de películas antiguas. No fue necesario que respondiera, ella sonrió.

Entraron al cine, compraron palomitas de maíz, él comentaba algunas infidencias de los actores, y de la producción. Ella solo lo escuchaba. Terminó la película, y regresaron caminando. Sé que hay lugares de jazz para bailar por aquí, dijo Ana. Sí es verdad, muy buenos, antiguos, como los de antes, ¿por qué? preguntó él. No, solo decía, no sé. ¿Quiere que bailemos? dijo él; la verdad me encantaría, pero no sé, ya todo ha sido un abuso de mi parte, y no quisiera incomodarlo. El la tomó del brazo, diciéndole, vamos, mañana viajo a Barcelona, hace mucho que no bailo. Llegaron a este lugar, con luz de un color amarillo, evocando los años cuarenta, papel decorativo en las paredes, mucha madera oscura, las mesas hacia los costados, con manteles blanco, en la mitad del salón, una pista con luces suaves.

Se sentaron pidieron champagña y agua. Ella le preguntó, a qué iba a Barcelona. El dijo que estaba hablando las posibilidades de hacer otra película allí, y tenía una presentación con el grupo de Jazz. Sonó Cole Porter, oh!! mire usted Cole Porter, dijo Ana. El se levantó con timidez, y la sacó a bailar. Bailaron en silencio, suavemente, a una distancia formal, pero con una cercanía indecible. A la cuarta pieza, él le hizo el relato que ANA ya conocía, en el que él se sube a un taxi, y le explica al taxista todos sus dilemas sobre la vida, la injusticia, Dios, el amor; en un desahogo nervioso, finalmente le dice al taxista, que complejo es el amor; a lo que el taxista le dice, Ana lo susurra  al tiempo, también con él... sí, es complejo, como todo.

Finalmente, volvieron al hotel, caminando, en una madrugada más que hermosa, ya abrían algunas panaderías; esas que a Ana le cautivaban tanto. Llegaron al hotel con un pan francés caliente, por la mitad, pues en el camino comieron un poco. Ella le agradeció, él también,  Ana se acostó en la cama y él en el sofá. Ana pensó que al despertar le podría hacer otra pregunta. El se levantó un momento más, y le dijo, tal vez quiera venir conmigo a Barcelona, allí tendría tiempos para que escribieramos juntos, tal vez quiera leerme algo de lo que ha escrito. Ana, lo miró impávida, ¿en serio?; Dios mío, a ¿qué horas salimos?. Aún podrían dormir algunas horas.

Ana despertó en su casa, la de aquel pueblo a donde ella había escapado hacia varios meses, escuchó el latido de su perro, sintió el silencio conocido del campo, era 1 de enero. Sonrió encantada, ah!! que maravillos es Woody Allen; aunque a él no le gusta el campo; con este sueño, creo que ya no necesito ir a Nueva York o... tal vez, tal vez sí.

 

 

 

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