Era 1955, Madrid lucía tan encantadora como un pincel.

Ana, conocía Madrid, por las cartas y relatos de un viejo amigo, que se marchó a la Villa, antes del tiempo necesario para amarlo. Allí se había convertido en el mejor diseñador de aquella ciudad, vivía entre el glamour, y las telas. Diseñando trajes de ensueño para las mujeres de la época, tenía un talento excepcional que tenía su principal arsenal en saber qué soñaban las mujeres, esa era la clave de su éxito; conoció a la minucia a una, que le enseñó a conocerlas y eso le bastó. El, todo un genio de la costura, contaba con lo necesario para inventar un mundo, a través de un vestido al que solo le faltaban alas para volar por sí mismo.

Se fue del pueblo de Ana, llevándose en las añoranzas, y en la bilis de las entrañas, a la musa de sus diseños; Ana, su amiga, un territorio que recorrió de formas tan exquisitas, en conversaciones, galanteos y encuentros, que diseñaron para él los jardines del romance, que por avatares más del azar que del corazón, no había sido; diseñaron para el artista, la geografía de los sueños de ANA, y ese fue su equipaje, se marchó, llenando su maleta de ideas para hacer feliz, a otras bellas damas.

Su boutique, se llamaba en honor a Ana, Alas de Mariposa Azul.

A cientos de kilómetros de Madrid, y un mar de por medio, esa mañana, Ana recorría en su ropero, las huellas de sus deseos; deseos de abrigo, deseos de presencia, deseos de ser cubierta, deseos de una luz que la envolviera como un vals. Había recibido la noche anterior, el regalo de una noche perfecta, sin serlo, pues para el acompañante de su noche, aquella noche fue el abastecimiento, que pareciera temporal, para los vacíos de su alma; abastecido, tal vez de amor, se ausentó.

Esa era una mañana extraña, pues Ana podría simplemente sonreír, y cantar, como lo haría una mujer cortejada y como lo había hecho ella otrora, alguna vez en sus recuerdos, cuando sonrío y cantó por el hombre que la deseaba, con los esquivos bordeamientos del amar. Aunque esta mañana, lo podría haber vuelto a hacer, simplemente, se detuvo.

En aquella época, decía el libro del amor, que luego de una noche perfecta, el caballero enviaría una rosa a la dama, para con ella decirle cuánto le importaba a su corazón, tanto los sucesos acaecidos en la penumbra de una noche en vela, como la susodicha; ese era el código del amor.

Cada mujer luego de una noche perfecta, esperaba el sello de una confirmación, la de saberse cierta para este Romeo que había robado sus besos, todo su cariño, y hasta algunas ráfagas ahogadas de ternura pasional; o si en cambio y quizás, al amanecer se va el amor.

Pero esa mañana, pasó el día, sin que llegara la rosa. Ana entendía, sin mucho afán ni sorpresa, que la noche, no había sido tan perfecta; pues el caballero había huído de la posibilidad de decir algo después, que solo se podría decir con el lenguaje conocido, de la galantería de una rosa.

No llegó ni ROSA, ni carta, ni mensajero, que le expresara que se le quería un poca más, ni que la perfección de la sonrisa al despertar, gritaba bondades, de lo que solo dos construyen como su camino; estaba dispuesta a esperar otra cosa, pues este caballero requería oportunidades, no atendía a las convenciones; pero no atendió ni a convenciones de siempre, ni a inspiraciones propias y nuevas.

ANA esperaba si no fuera la rosa, tal vez una carta, un café, o quizás una llamada, que le supiera a rosa. Podría salir de la convención de la forma, pero finalmente era una mujer, le importaba la convención del sentido de los detalles del querer.

Al despertar esa mañana; el caballero sin saludar, sin un beso de buenos días, sin un algo de calor o de convicción, solo dijo que tenía que irse, sus múltiples ocupaciones le esperaban. Ana le conocía, se conocían, tal vez por ello, él en la noche, la abrazó con ternura, cuando la somnolencia delataba su dulzura, y el cansancio vencía la rudeza de su decidia, imponiendo la posibilidad de amarse, que se dilataba una y otra vez, en la arena  movediza del irse para volver, del volver para irse; sin ninguna convención popular, ni inspiración propia, al otro día.

Ella lo conocía, y sabía que le quería, y que él a ella también; pero él no lo decía. Como sabían los expertos del romance, sin palabras intentadas, no hay verdades posibles entre los amantes.

El no dijo nada, como tampoco envió ROSA, ni carta, ni verso, ni llamada; ni tampoco esperó a recomponerse, para no irse en la mañana, y más bien quedarse a dormitar con ella, en un abrazo que les permitiera esperar, rompiendo los protocolos, para descubrir juntos la palabra que según el libro, es necesario decir luego de una NOCHE PERFECTA; pero Ana tampoco dijo nada, aprendía al lado del caballero, que sus palabras a veces eran estériles, igual que sus letras, y canciones.

Las condiciones de los dos, no les permitían desbordarse en la dulzura de lo que vivían; pues como él le diría: es necesario tener todo bajo control, para no perderse; esa sentencia hacía, que perdieran otras certezas, solo posibles en perder el equilibrio por otro.

Ana aprendía eso de él, no expresar mucho, ni permitir que nacieran nuevas ráfagas incontenibles de ternura y apego, que podrían tal vez, pensaba Ana, ser la misión del mensaje de la rosa de un caballero a una dama, luego de una noche perfecta.

Con este caballero, ella iba midiendo sus pasos, sus sueños, su corazón; pues si bien era cierto, ella soñaba con el mensaje de la rosa al otro día, de una noche perfecta; también entendió, que la noche perfecta solo se sabe si realmente lo es, hasta el otro día.

A mitad del día, llegó de Madrid una encomienda, con una nota: Mariposa, vuelo por vos, eres lo más cierto de mis días. La nota iba adjunta a un ramo de rosas maravillosas, no era una, era un ramo, tal vez con muchos mensajes; tan hermosas, que parecía cantaban la tonata de un blues, cuando en realidad llevaban impregnada la melodía de Come Back in My Life…como nuevo en mi vida….

Al finalizar el día después, de una noche que pareció perfecta, sin haberlo sido; finalmente de manera sorpresiva, ANA recibió no una ROSA, sino un ramo con melodía incluída, no del caballero con el que creía que había pasado una NOCHE PERFECTA, sino del que se fue, antes de amarlo.

Sonrío, escuchó la canción, sin entender muy bien por qué, ella susurró: Dios le da pan al que no tiene dientes. Tal vez, se había transpapelado el universo, el tiempo, la terquedad, y ella confundió al caballero diseñado para esa noche perfecta.

Toulouse Lautrec

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