Ana seguía en la casita de la Escuela. Así se llamaba la zona rural en la que ella vivía feliz, hacía ya varios meses; llevaba unos días con una maleta lista.

Esa tarde se sentó y mirando la maleta roja recordó que no había empacado los libros que le encantaban, volvió a revisarla haciendo un inventario mental de lo necesario para irse.

Aquel uruguayo interesante que conoció en el pueblo, la rondaba con el sigilo que tiene el león frente a su presa, pero con la suavidad artística de quien admira una mariposa. El corazón de Ana desafortunadamente, estaba cauterizado por ahora, por lo que los intentos de cazarla, eran solo intentos; pues ella se marcharía, solo porque así debía ser.

De repente, mientras seguía revisando, con una extraña minuciosidad su maleta, sonó en la radio, una vieja canción de Leonardo Fabio, que ella escuchó como si hace poco la hubiese oído, tal vez en un sueño.

Ante su próxima partida no sentía nada extremo, ni dicha, ni tristeza, eso la confortaba. El irse era como un acto de contrición con la vida.

El caballero que conoció en aquel bus en el que llegó a este lugar, le habló aquella vez fortuita de que ella sería feliz al irse lejos; le sorprendía cómo un extraño podía saber de su felicidad, más que ella misma; a menos que él contara con el atributo de omnisciencia, o quién sabe si más bien, se trataba del don de la comodidad, y que al pensarla lejos de su alcance, él mismo creía salvarse, a costa de todo.

ANA no quería descifrar más las palabras dichas, ni de él ni de nadie; ya habían tenido su tiempo. Las palabras de éste, en el que ella confió, eran tan volátiles como el clima de Bogotá, o qué diremos de Bogotá, del mundo. Ya habían pasado los tiempos de alimentar de colores la idea de construir un mundo para él, de cuidarlo, de intentar ayudarle a ser tan feliz, como lo podría haber sido el primer hombre del Edén. Todo tenía un tiempo. Ahora, ella quería ir al mar.

Aunque su viaje no era a la anhelada costa colombiana, empezó a rumiar al lado de Matilde la vaca, la idea de vivir cerca al mar. Había tantos lugares tan maravillosos, que sería un desperdicio vital quedarse a vivir en uno solo por siempre. Cartagena, Buenos Aires, Roma, Manhhattan, Barcelona, en fin, en cada lugar encontraba un techo imaginado para sus letras. Aunque posiblemente nunca podría ir a alguno de estos destinos maravillosos, la magia del lugar en donde vivía los últimos meses, le recordaba también que todo era posible.

Eso era lo que quería hacer; escribir, escribir y escribir, en lugares tan encantadores como con los que soñaba, convencida que la arquitectura, las puertas, los recovecos, las calles, las ventanas, los parques; tenían una trascendencia profunda en la alegría interior.

La asaltó el temor de que se le acabaran las letras, las combinaciones en frases, las ideas de relatos, la observación de la vida para ser escrita; que igualmente difícil, sería si tal vez, se le agotara el sentido de hacerlo, o que tal vez los lectores desaparecieran; perdiendo lo que construyó como una muleta que sostiene al herido que llega de una guerra, que luego, se convirtió para ella en un propósito que la vitalizaba.

Escribir para Ana estaba compenetrado de una manera especial, con los lugares que la rodeaban. La belleza de los aromas y aires de la tierra, la inundaban de alegría y esperanza, como una promesa del creador; convencida de que El era un escribiente perfecto; a través de su obra en la naturaleza relata historias, construye palabras, inventa caminos, aprovisiona de inspiración y convicción; escritos poderosos que ANA creía, nos regala día a día, como una dádiva celestial inmerecida y profunda; era la literatura para ella.

Ese era finalmente el poder de la belleza para cada quien, la belleza que regala vida. Casi comparable a la búsqueda agónica de la belleza para Van Gogh en su lienzo, era para Ana la búsqueda de los lugares, no de manera agónica como el pintor, tan solo entendida de ello. La búsqueda de las letras y las historias no contadas, resultaban como las del patriarca buscando las pruebas de la rotación de la tierra, que él desconocía, sin importar que ya otros las habían hallado.

Ana se iría, con MALETA, con la certeza de lo que se le quedaba por fuera de ella, con un nuevo equipaje en sus sueños, aquel de llegar en algún momento, sino a Buenos Aires, Barcelona, o Manhhattan, por lo menos al evocador y conversador MAR.

 

 

 

Conversador mar

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