ANA se encontró dividida entre dos mundos. Anhelaba encontrar alguien que sintiera lo que a ella le pasaba, como siempre esto le traía algo de consuelo, no importando si ese alguien, ese interlocutor, existía en este mundo, en lo eterno, o en las hojas de un libro.

Desde que se montó en ese bus, huyendo de todo; había descubierto, o sería mejor decir que se reencontró con aquello de ella que postergó, ante la imprescindible necesidad de priorizar su matrimonio con aquel caballero, al que veía como un dulce moicano de batallas incomprensibles,  que la habían atrapado muchos años, por la ternura de ellas.

Eran ahora dos mundos que no sabía si algún día se reconciliarían, pero la hacían sentirse tan profundamente dividida que no sabía como lidiar con eso, no sabía qué quería, qué preferiría; o si tal vez, ninguno de los dos mundos estaban destinados ya para ella, quedándole el sabor agridulce, de ese tipo incertidumbre de no saber qué hacer, porque aveces era peor saberlo.

Esos eran sus pensamientos ese día, era el inició de aquella conversación, con un interlocutor que no llegaba, que no estaba, que no tenía; debía tal vez ser así, nadie le diría finalmente qué hacer, ella creía que podía esperar una voz de cómo soportar esa división de su deseo, de su identidad, de sus formas de ser, de sus conversaciones y expresiones. 

Durmió, profundamente, soñó sueños encriptados, con todo y todos revuelto; pero despertó aliviada, su INTERLOCUTOR le había hablado, era tiempo de esperar, era tiempo de seguir buscando y encontrando, encontrando y perdiendo, perdiendo y entendiendo; suspiró con su café caliente en la mano, pues sabía que por ahora era mejor no hacer mucho, no querer mucho, para lograr dejar de pensar, con eso ganaría todo.

Por ahora lidiaría, intetando no pensar, con las llamadas que le seguían haciendo esos DOS MUNDOS. 

 

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