ANA siguió su viaje en aquel bus, sin entender la intempestiva ausencia del que había sido su fiel compañero solo un tiempo, suficiente para amarlo para siempre.Le faltaban varios días para llegar a su destino, ahora no tenía claro a qué era que iba ni por qué era que ella creía que allí sería feliz.

Primero tomó un café caliente, muy caliente, sin leche, ni azúcar, ni crema, solo negro, y un delicioso pie de piña que le recordaba otro tiempo, otra vida. Creyó que lo pertinente era imaginar cómo sería su vida con este CABALLERO, por si por alguna sorpresa del amor, él entendiera que podrían ser felices juntos, y corriera de alguna manera a ella. Imaginó sus días, sus noches, su casa, su familia. En estas ensoñaciones gastó un día, en la que repitió tres café negros y cuatro pie, siempre de piña.

Al siguiente día despertó mareada, tal vez por la descarga de azúcar, o por entender que había gastado un día en ensoñaciones que tal vez nunca serían realidad, pero que bien le sirivieron para soportar la ausencia.

Luego Ana intentó imaginar cómo amar a este hombre, ya no entonces como una feliz esposa, lo que correspondía a su primer instinto, pues así era Ana, amaba la idea de ser una esposa a la antigua; pero en vista de que el que sería su futuro esposo parecía no saberlo, ni quererlo, por ahora; tendría que inventar en sus ensoñaciones otro destino temporal para aquel amor. Tal vez, como una especie de novia, eso le permitiría a este caballero, intentar algunas alternativas para su cerrado corazón, y Ana podría amarlo, tendrían que  negociar todo, pues eran dos mundos diferentes, tiempos, oportunidades y maneras de amar, de encontrase, de ser juntos para citar aveces sus mundos, pero sabersen juntos, ANA sabía que finalmente bajo la detención del tiempo que ocurriría en un beso no sería necesario negociar ya. Ese día solo tomó aromática de frutas sin azúcar ni pie de piña. Pasó el día en esta ensoñación como otra manera de soportar la ausencia. En algún momento recordó al patriarca de aquel pueblo perdido en la memoria de todos, y se descubrió como él elaborando casi un experimento de alquimia. Al otro día de nuevo despertó mareada, pero ya no por el exceso de azúcar sino por el olor  a alquitrán de su conjuro de amor.

Ese siguiente día, solo pensó en este CABALLERO y en su partida, en que estaba allí sola, esperando que de nuevo apareciera en la siguiente parada, pensó en sus relatos de viajes orgánicos y dudó si él sería su esposo. Ya no tuvo ensoñaciones, ya no tuvo alternativas nuevas, estuvo tranquila. Probó el ajiaco que le ofrecieron, un poco de pollo y alcaparras. Luego tomó una copa de vino y solo pensó en que aquel bus parecía un tren, contaba con baño y un pequeño restaurante con olores familiares. Durmió, descansó su mente y su corazón.

Tuvo un sueño con este caballero, lo veía de nuevo, ella era un ser de otro mundo que llegaba a su vida, ni mujer ni no mujer, lo besó y supo que era él. Despertó sumergida en su añoranza. No sabía dónde buscarlo, donde hallarlo y se sintió desolada. Tendría que idear otra nueva alternativa para amarlo en la ausencia, y soportar los días. Se le ocurrió una solución en esperarlo. LLegaría a su destino, y lo esperaría, él tal vez inventaría maneras para encontrala, ella lo esperaría pues sabía que él sería su ESPOSO. Al nuevo día despertó mareada, ya no por el azúcar del pie de piña que él le dió, ni el alquitrán de un conjuro de amor, sino por no saber aún en qué tipo de casa querría este caballero que vivieran, tomó té con pie de piña, ajiaco con alcaparras, sonrío, y pensó, finalmente tendré que esperarlo.

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