El canto de la vida es misterioso, tiene tonos que aveces exceden el tono de la voz con la que normalmente cantamos.

Encuentros y desencuentros van armando los relatos que algún día serán dichos por un contador de nuestra historia, un epigrafe, un discurso de despedida. Este es el relato de un encuentro que tuvo ANA con un caballero que no estaba dispuesto en el calendario de sus días, tal vez fue un desvío, tal vez fue un accidente de su corazón, al pensarlo bien, hasta ese momento en su vida podría decirse que todos sus amores habían sido accidentes, encuentros que parecían ser pero luego como enigmas de un espejo , lograba ella vislumbrar el verdadero rostro de algo que no era.

Este caballero lucía como cualquiera, se topó con él un día al subir al bus que la llevaría al pueblo a dónde había decidido escapar. Era un viaje de varios días, con sus noches. ANA distraída por la ventana en la que aparecía un paisaje que ella amaba, miraba sin mirar sumergida en ensoñaciones de la vida que estaba dejando atrás, de repente ante un movimiento brusco, miró a su lado y ahí esta él. Leía algo de algún poeta latinoamericano por lo que ella alcanzó a percibir, se notaba en el tono de las letras, en el color de las hojas, Ana los conocía bien. El dejó de leer, para comentarle su angustia de morir. Ana soprendida, escuchó, él ahora le hablaba de sus viajes orgánicos a través de innumerables enfermedades, que ANA no entendió bien si eran reales o imaginadas, propias o ajenas, pues este caballero lucía bastante vivo para haber padecido tantos males, a los que además parecía deberles algo. 

Ella lo escuchó, estando y no estando, pues de vez en cuando miraba por aquella ventana que le recordaba que ella iba para algún lado. El se durmió. Ana empezó a inquietarse por algo en las manos de este caballero que le atraía irremediablemente, ella se conocía, y sabía que esa inquietud era peligrosa para su alma. Ella durmió un rato, soñando con el lugar para donde iba, un lugar donde el canto de sus mañanas tomaría aires de sinfonía, esa que en su juventud escuchaba de manera inspiradora. En donde tal vez le estuviera reservado algún ENCUENTRO que por fin fuera real, en donde además podría ser, despertó con algo de tristeza, pero su fiel compañero seguía ahí. 

El inició otro relato sobre su padre, su niñez, sus temores, y dolores. Y Ana sabía que había empezado a amarlo. No sabía por qué, se reprochaba el hecho de saberse vulnerable, predispuesta a la prosa de este caballero que le recordaba a alguien, que a pesar de ser un desconocido le resultaba encantador y familiar.  Ana solo escuchaba, sabía que este hombre, no había sido amado, sabía al escucharlo que este hombre no sabía amar, sabía que este pasajero iba para un destino diferente al de ella, sabía que este contador se deleitaba tanto con sigo mismo que escasamente alcanzaba a percibirla, a pesar de que ahora ella le conocía tanto.

Al callar sus relatos, el caballero le preguntó su nombre, ella dijo Ana. Y el suyo, el respondió Noél. El la miró y descubrió en ella, el refugio de un abrazo antiguo, pérdido en sus memorias, se sintió amado. No se habían tocado, ella escuchaba, él hablaba de sus batallas, sus victorias, sus derrotas. Y Ana no quiso pasar su vida con nadie más, mientras él hablaba estuvo dispuesta a dejar aquel destino que la haría tan feliz para irse con él a aquella casita de la que él hablaba con añoranza refundida. Ana estuvo dispuesta a ser para él.

El bus se detuvo, Ana dejó de mirar por la ventana, y él dejó de hablar, le tomó la mano, y le dijo que la quería desde antes de que ella lo notara. Ana impactada por tal declaración, cerró la cortina de su ventana, ya no le interesaba mirar aquel paisaje que amaba. El la besó tiernamente, Ana lo abrazó como solo ella sabía abrazar, pues para Ana abrazar a este caballero significaba frenar todo en su viaje, en su pasado y en su futuro. Noel suspiró y solo recordó, como una lección aprendida, que él no sabía amar, así ya lo hiciera. Solo la abrazó mientras Ana durmió, soño que ese caballero se reflejaba en aquel viejo espejo de sus sueños, y era otro; despertó y él ya no estaba, se había quedado en la última parada. Ana siguió su viaje sin correr de nuevo la cortina de la ventana que le permitía perderse en ese paisaje que tanto amaba.

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