Eventualmente reviso qué dice la prensa de Amy Winehouse; siempre termino desalentada y afectada, con una sensación similar a la que tuve al ver lo que hacían con Alex, el personaje principal del gran film de Kubrick, La Naranja Mecánica. Ambos, personajes destructivos y emblemáticos, aunque cada uno con una motivación distinta, muy distinta. Si bien Alex carecía de escrúpulos, el hecho de controlar sus sentimientos, reprimirlos, coartarlos sistemáticamente valiéndose de la ciencia —más abominable todavía— resultaba ser aún más despiadado. Pero el efecto es similar, si no el mismo: un abuso de la persona, que es rotulada como mala, convirtiéndose en blanco de peores perversiones de las que cometen. A los dos se les ha violado en libertad; a los dos se les han cobrado los errores mediante un abuso de poder. ¿Puede un medio ensañarse con una persona (no por ser una figura pública deja de serlo) sin que nadie se pronuncie ante el abuso con el ser humano que lo padece? ¿Y cuando no es uno sólo, sino un ataque colectivo hasta el punto de lo soez?

La buena intención al momento de informar, que me parece un principio básico del periodismo, está ausente en cada nota que alude a la Winehouse. Mis continuas visitas a sitios que hablan de ella, me han permitido encontrar un blog, que no hace falta mirarlo mucho para detestarlo y cuyo mismo nombre me desagrada inapelablemente: Poprosa. No tengo más palabras para describir tal sitio, que sé malintencionado y abanderado del morbo. De resto, se puede resumir en las publicaciones mexicanas y alguno que otro reportaje en El País, en el que alguna vez pude leer lo que me pareció hasta ahora lo más cercano a una mirada detallada de su música (por lo menos de sus letras). Aunque también he visto pequeñas cápsulas en revistas de mí país y en los periódicos amarillistas de la ciudad. A Amy se le encuentra en todas partes y no por su música, que no es popular y tampoco propongo que lo sea; no podría serlo.

No seré yo quien tenga mayor autoridad para hacerlo, pero mientras los maestros en crítica de música se pronuncian, yo diré algunas cosas que intenten cubrir el vacío profundo en lo que a la verdadera lectura de su música se refiere. ¿Qué hay, por ejemplo, de la Amy que agradece con fervor las influencias recibidas, que son, nada más y nada menos, como para dar algunos: Thelonious Monk, Count Basie, Duke Ellington, Ray Charles, Charles Mingus, Sara Vaughan, Dinah Washington y Mr. Hathaway (Donny Hathaway) como lo llama en Rehab, el tema del que el común sólo ha podido masticar el “no, no, no”? Ella no puede decirlo más claro: «There’s nothing you can teach me/ that I can’t learn from Mr. Hathaway». Además, incluye también varios grupos de R&B e hip hop, y revela su profunda admiración por la agrupación sesentera The Beatles. Imagino a Amy tan emocionada como yo viendo el video de James Moody cantando con Dizzy Gillespie y la United Nation’s Orchestra. Emoción de la que, pienso, sale la motivación de interpretar Moody’s mood for love, que supera por mucho a la de George Benson. No sólo la sé valiosa por su producción musical, muy propia y acertada, sino además por los covers que interpreta, que son siempre resultado de una fina selección que vale la pena evocar, porque es ella misma la que se encuentra a su exacta medida en lo que elige para su repertorio.

Amy representa la fatalidad y el caos del jazz, el blue mood del soul. El color de su voz revela un legado negro, que hace incluso pensar que su tono de piel fuese un error de la naturaleza; es más, su mirada al soul está fielmente comprometida con el sentido y la esencia del género, más que la de cualquiera de sus contemporáneos, porque su mirada está en el ámbito de lo espiritual. A sus 25 años, Amy es casi tan importante como Billie Holiday a esta misma edad, guardando las distancias. Pero su falta de norte y la prensa, que no hace más que perseguirla y mortificarla, no ha ayudado mucho. Pero como Billie, Amy tiene una voz que le exige una cuota corporal de sí misma, como si perdiera pedazos de ella, o peor, como si tuviera que abandonarlos para cantar. La adicción está en ambas, como si tuvieran, con eso, que dormir la bestia del amor que les da vuelta por dentro. Porque el amor apasionado las caracteriza. Amy también tiene policías con esposas esperando al pie de su cama de agonías.

Con sus dos únicos álbumes, Winehouse ha dado pasos significativos. "Frank" (2003), con claros y explícitos guiños al jazz no es un trabajo, a mi gusto, que deje al descubierto su carácter debutante o el hecho de tener 20 años al momento de lanzarlo. Es, en suma, un trabajo que devela sus intereses y tendencias. "Back to Black" (2006), lo entiendo como su profundización personal en el soul y otros sonidos negros, que vienen con ella desde muy joven. Todo esto, claramente interiorizado. Es un álbum pensado para ser álbum, en conjunto, un todo, una experiencia.

Amy es, sin duda, una diva, pero hallo errores en los contextos en que esto se dice de ella. Lo es, porque es el recuerdo vivo de la Holiday, porque a ratos descubrimos también en ella a Dinah, en otros a Vaughan. Todo eso sumado a lo que ya parece "el deber ser" del artista desgarrado: el llevar la vida a rastras, amar la música, pero elegirla como escenario para la muerte, para la propia. Ella lo entrega todo y hace de la adicción, que forma parte de su vida, de su poesía. Escucho a Amy y leo en su canto el dolor profundo, la pasión contenida que la hace vulnerable, incluso ante ella misma. Leo, además, sus emociones, todo lo que ella es, que me permite ahora decir que la conozco. Hay que saber que su música, la que escuchamos, está escrita con las frases más honestas —esencia del jazz— y en todas, el amor y el dolor se disputan; cuando se acaba la música, no termina de sonar: «So we are history/ your shadow covers me / the sky above a blaze that only lovers see»

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: