En la primera mitad del siglo XVII, AMSTERDAM era una ciudad administrada por una burguesía pujante, en pleno desarrollo económico. Capital de un imperio colonial cada vez más vasto, la ciudad sorprendía y fascinaba a los viajeros. En 1626, la hegemonía de Holanda había cruzado el océano Atlántico, para fundar en América del Norte la "Nieuw Amsterdam", enclave que luego pasaría a manos británicas bajo el nombre de Nueva York. En el transcurso de la década de 1630, la expansión holandesa llegó a la culminación, con la consolidación de las posiciones en Brasil, arrebatadas a los portugueses, y la apertura de emporios en varios continentes.

La flota y el ejército holandés hacía frente a las tentativas españolas de reconquistar sus antiguas posesiones en el norte de Europa, pero las verdaderas batallas se libraban en la BOLSA DE COMERCIO DE AMSTERDAM, a cuyos pies iba a morir la corona española a la hora de recurrir a los créditos bancarios.

La Guerra de los Treinta Años, que ensangrentaba el corazón malherido del viejo Mundo, no afectaba a lo más mínimo a la floreciente HOLANDA, que, sin aliarse con nadie, sabía comerciar con todos. El puerto comercial de Amsterdam reflejaba esta expansión con un frondoso bosque de mástiles. Las fragatas, modelo de barco desarrollado por los holandeses, surcaban los mares de todo el mundo. En los mercados y en los talleres se podían encontrar productos y mercancías de todas partes, con un opulencia y una variedad sin parangón en Europa. La estructura urbana no dejaba de ampliarse alrededor de los tres grandes canales concéntricos que ceñían el casco antiguo.

En este concepto de expansión y de tanto capital sobrante, mucha gente se enriquecía y, al no poder invertir provechosamente en grandes empresas coloniales, se canalizaba hacia la compra de objetos de menaje y adorno, especialmente cuadros. Pero la ciudad de Amsterdam no sólo hermanaba la fe y el arte con la economía, sino también con la ciencia y la filosofía, entonces impregnada por el pensamiento cartesiano, cuyo principal desafío era la duda sistemática de todo, excepto sobre la existencia omnipresente de Dios.

Amsterdam en 1620

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