Noche de luna, y vos allá.

La luna y el río,

Mi puerto de espera.

Caminar nuestras soledades por la costanera grácil.

Escuchar tus suavidades.

Contemplar azorado ese paisaje inmenso de tu mirada encendida.

Ese misterio azul de tus ojos únicos.

Centro de dicha.

Cielo de sol.

Te habría mirado extasiado

Desde mi corazón de joven enamorado.

Belleza de mujer hecha a la medida de mi emoción.

Mirarte y abrazarte.

Mimarte y sentirte.

Noche de encuentro clandestino

Bajo la noche estrellada.

Amores niños que brotan

Desde las entrañas del ser.

Caminar y caminar.

Mientras nos envuelve el hechizo de lo inesperado.

Dulzuras que laten en nuestros corazones de ángeles.

Sentados ante la inmensa calma del río.

Abrazarte de nuevo en estallidos de esperanzas aladas.

Para ilusionarse con la magia del tiempo detenido.

Paraíso único en la tierra que sólo puede darnos el amor.

Un cruce que pasa inadvertido.

Un camino que se bifurca.

Me extravié en la noche espesa

Para no llegar a ninguna parte.

Destino de eterno caminante.

Trampa del azar.

Rigor de las “cosas que fueron así”

Pero ya ni siquiera importa.

Porque el río de la magia se transmutó en el de la tristeza.

Y un abismo te dejó del otro lado de mi dicha.

Y no pude alcanzarte.

Tus ojos de niña ahora son el sino de mi imposible.

No pude sentir tu piel.

Tan sólo el eco de tu voz.

Palabras cargadas de sentido en noche de insomnio.

Tu voz eternamente amiga

Pero sin la dicha de tu cuerpo.

De tu pelo rubio ondulado.

De tu sonrisa pura.

De tu modo.

De tu pétalo de novia.

Te escucho pero no puedo tocarte.

Estás en la otra orilla.

Y la noche de mi ansia contenida va cediendo lentamente ante la angustia del tiempo que fluye.

Flor que no pude tomar.

Belleza que se me escapó otra vez.

Camino que se transformó en laberinto.

Mientras, del otro lado, te guardaste todo el misterio.

Ya siento el peso del tiempo que me arrastra y me lleva.

Y me voy con ese río de luna que no fue.

Y tu figura se aleja para continuar siendo hechizo.

Magia de una noche de verano.

De paseo costanero que no pudo ser.

Porque, quizás, su destino era sólo ser poema.

Este, mi poema y mi flor.

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