Nada indica que el fariseo que formuló la pregunta se quedara atónito o siquiera un poco asombrado con la respuesta de Jesús. Sabía que, aunque muchos no la estuvieran cumpliendo, la obligación fundamental de los adoradores verdaderos era amar a Dios. En las sinagogas se recitaba la shemá, confesión de fe que incluía Deuteronomio 6:4-9, el mismo pasaje que citó Jesús.

Según el relato paralelo de Marcos, el fariseo añadió: “Maestro, bien dijiste de acuerdo con la verdad: ‘Uno Solo es Él, y no hay otro fuera de Él’; y esto de amarlo con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y esto de amar al prójimo como a uno mismo, vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios” (Marcos 12:32, 33).

Ciertamente, aunque Dios pedía en la Ley que sus siervos le hicieran holocaustos y otros sacrificios, le interesaba mucho más que tuvieran el corazón lleno de amor. Para él era más valioso un gorrión ofrecido con cariño y devoción, que miles de carneros presentados con malos motivos (Miqueas 6:6-8).

Recordemos a la viuda pobre que Jesús observó en el templo de Jerusalén: las dos moneditas que echó en el arca de la tesorería no alcanzaban ni para comprar un simple gorrión, pero demostraban profundo amor a Jehová y significaban más para él que las grandes ofrendas de quienes andaban sobrados de dinero (Marcos 12:41-44). ¡Qué alentador es saber que lo que más valora Jehová es algo que todos podemos darle: nuestro amor!

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