“La vida imita a la literatura”, afirmaba Oscar Wilde (1854-1900). De igual modo podría afirmarse también que “la vida imita al amor”. ¿De qué otra manera podría explicarse si no el amargo desencanto y la ácida insatisfacción que acaba arrastrando al fracaso a tantas y tantas relaciones de pareja a lo largo y ancho del planeta, independiente de su cultura, raza, religión o status social?

En esta ocasión, esa herramienta sin igual en la Naturaleza que alberga el cerebro humano y a la que denominamos mente, se conjura con la química del organismo que la sustenta para jugar una mala pasada al espíritu que habita ambos. La amalgama de sentimientos y sensaciones que un ser humano es capaz de despertar en la mente y en el cuerpo de otro, es también capaz de crear por sí sola una nueva realidad para cada uno de los dos y para ambos al mismo tiempo.

Una nueva realidad que muy bien podría asemejarse a un espejismo, habida cuenta de que el alambicado proceso de reacciones químicas que comienza con la liberación de feromonas y concluye con la asimilación de éstas por el sistema circulatorio del organismo, acaba por “engañar” a los sentidos y “nublar” el recto entendimiento de ambos individuos.

De igual modo que cada hombre y cada mujer vive este sorprendente estado de una manera distinta, cada uno de ellos se enamora por una razón diferente y en un grado desigual. Hay quien afirmará que se enamora de unos atributos físicos especialmente agraciados. Alguien más asegurará que lo hace de unas cualidades personales concretas. Sin embargo, todos se enamoran en realidad del concepto del AMOR o de una imagen particular del mismo que las mentes de cada uno de ellos han ido modelando a lo largo de sus respectivas vidas, sin apenas ser conscientes de ello.

Un edulcorado concepto del romanticismo -cincelado en las volubles mentes humanas adolescentes a través de desnaturalizadas producciones cinematográficas, televisivas, musicales y literarias- ayuda sin duda alguna a preparar el terreno, amplificando los efectos de la reacción química que sobreviene al enamoramiento.

Muchos otros confunden un arraigado y enfermizo sentimiento de dependencia con el amor. Acuerdos tácitos que ayudan a cubrir puntuales necesidades emocionales -y/o en algunos casos también económicas- mantienen unidas a muchas parejas en una suerte de “relación de conveniencia” que lleva implícita su propia fecha de caducidad.

El ser humano está irremediablemente destinado a batallar contra sus sentimientos a lo largo de toda su existencia. Paradójicamente, en el tesón de esta lucha contra sí mismo encontrará también el germen de su propia derrota.

Del enamoramiento al espejismo

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