Cuando ella era niña, se inició sin saber, ni cómo, ni cuándo, en aquella metamorfosis, ese“más allá de la forma anterior,” que prometen las letras.

Intentaba plasmar en un papel, el maremágnum de acontecimientos internos, que en ella ocurrían; buscando atinar, encontraba recurrentemente, como siniestro resultado, tan solo una palabra, que como una isla en el océano, parecía como si condesara toda la geografía de su existencia: el desamor.

Ella no conocía mucho, acerca de los caminos y fronteras cósmicas de esta palabra, pero una y otra vez, en una suerte de extraño destino, se encontró con ella, por los recovecos pueriles de sus más fieles espejos, a los veinte, a los treinta, a los cuarenta.

¿Qué es el desamor? ¿Qué es para vos? le inquiría muda, al cantante gaucho; a aquel, que decidido, dedicó una canción completa al asunto, por allá en los años ochenta, cuando ella lo escuchó, una, y dos, y tres, y mil veces, lo escuchó y dialogó con su letra, mientras al ritmo de su tonada rockera, envejecían juntos.

Pero, una noche, ella recordó sus propias LETRAS de niña, cuando intentaba, como quien gatea, plasmar en el diario azul, -uno con cintilla beige muy de la época- que escondía debajo del colchón de su habitación, lo indescifrable; secretos que le avergonzaban, creía que nadie los debía conocer, aun cuando fueran sencillamente, los claroscuros humanos, profundos y nobles, desde siempre.

Eso no lo sabía.

Ella se sentía, como algo parecido, a lo anormal.

Letras y letras, tantas, durante su vida, escritas en cartas, millones de cartas, dedicadas a sus amores; cartas de alegría, cartas de tristezas, de despedida, de queja, de explicación, de regreso, de bienvenida, de ofensa, de incredulidad, de deseo, de sueños, de relatos, de dolor, de perdón, de olvido, de añoranza, de miedo, … letras, letras, letras, que aglomeraron palabras, que durante años, la aliviaban; como si es que, escribir resolviera algo en el mundo real, o como si, el mundo de las letras, fuese finalmente, el mundo que nos da permiso…

Para ella, era así. Siempre lo fue.

Esa noche, reconoció, que nada en su vida lo resolvía, sin escribirlo; lista del mercado, lista de diligencias, lista de sueños, lista de pendientes, de posibilidades, de oportunidades, de enfermedades, de planes; párrafos y párrafos, de pensamientos, conversaciones, rutas, intentos.

¿Quién era ella sin la escritura?

Y entonces, leyó su metamorfosis, ese “más allá de la forma anterior” y entendió, como cuando un suspiro lo dice todo, que seguía esperado que su destinatario, aquel al que ella en la edad de la fe, esperaba con licuadoras de juguete y jugos de fantasía, en el patio de su casa.

Aquel amor, que fue el único al que nunca le escribió, pero que sin saber, ni cómo, ni cuando, inspiró todo; un día se derritiera de amor por ella, así no hiciera completo, lo que ella quisiera.

Y ahora cuando la mitad de su vida había pasado, ahora en la edad de la esperanza, cuando ya el tiempo le parecía un caminante callejero, loco y delirante, ahora podría no ser tarde, quería esperar, esperar a un hombre, que no hiciera todo lo que ella quisiera, pero eso sí, que estuviera derretido de amor, de AMOR POR ELLA

niña escritora

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