Hubo un tiempo hace ya muchos años, en los que conversaba a diario con un amigo con el que estudié parte de la carrera universitaria. Pedro Ignacio, le decía Pedrito, por el gran cariño y gratitud que le tenía; era ese tipo de amigo tan necesario para las mujeres, que uno trata como a una amiga, pero es hombre; el que lidia las peleas de uno con el novio, el que se aguanta las peroratas eternas en las que se relata una y otra vez lo que pasa con el fulano que llenaba el corazón, con el que se habla de los amores y desamores, en el tono juvenil que nos da la inocencia, pero también con el toque femenino que no se logra fácilmente con un amigo.

Extrañamente no recuerdo cómo nos hicimos amigos, nos cruzamos en el Pabellón Barranquilla del Hospital de la Misericordia, donde hicimos nuestra práctica clínica de los últimos años, bastante mágicos, de formación universitaria.

PEDRITO era ese amigo alcagueta, que me acompañaba a todo lado, me lidiaba mis ánimos y desánimos, me invitaba un domingo a caminar solo para cuidarme, nos encontrábamos en la biblioteca a pasar días enteros en medio de la nebulosa de las letras evocadoras, de tantos que leíamos por esa época, me visitaba y hasta dormiamos, como buenos hermanos. Por esos días tenía yo un amor platónico, que lograba paralizarme la respiración y devolvérmela con solo su mirada, un señor llamado Iván Cepeda, que pareciera otro al que ahora veo en sus apariciones televisivas constantes; Pedrito lo admiraba tal vez más que yo. Lo miraba con tal devoción, que entendía que algo extraño le pasaba a mi AMIGO en relación a este hombre, entendiéndolo ya que en esa época, don Ivan cepeda era todo un adonis completo, nada le faltaba, ni le sobraba.

Un sábado en un conversatorio sobre Foucault, él era el panelista. Pedrito y yo no dudamos en inscribirnos, con el fin de claro, profundizar un poco en el pensamiento del filósofo francés, pero prncipalmente en tener la ocasión de estar de cerca al objeto mútuo de contemplación. Cuando inició el encuentro, el recinto se iluminó con la llegada de Iván Cepeda, la manera de hablar, su tono de voz, la forma de acomodarse como con un tic sus gafas, la manera de vestir, de desplazarse por el recinto, de hablar con ese tono de voz pausado, nos dejó absortos.

Escuchamos su conferencia que debió ser la mejor, ya que no la recuerdo, pues mi capacidad de atención estaba menguada por la aparición a escasos centímetros de mi silla, de este que había conocido en la Universidad Nacional. Mientras hablaban unos y otros de los conferencistas, yo ideaba la manera de hablar con IVAN.

En el receso le dije a Pedrito que me acompañara, me acerqué a él, y decidida, le dije: hola, quiero decirte que me ha interesado mucho tu conferencia,  en este momento al escribir recuerdo que era sobre el dispositivo del poder: crimen, impunidad, y castigo; él me miró, calmo, silencioso, totalmente tranquilo, con la mirada de esos ojos negros que daban escalofrío, me dijo, sí me acuerdo de tí; proseguí ante la opción de desmayar allí mismito en sus brazos, de manera milagrosa con cierta indiferencia le dije, somos estudiantes, y me encantaría poder algún día hablar contigo, él sonrío y cuando se disponía a responderme, con una actitud en su cuerpo como de quien va a sacar una agenda para tal vez, acordar fecha y hora de un encuentro; intervino mi amigo PEDRITO, y dijo, sí, nos gustaría hablar contigo de la relación de Foucault con Lacan... cuando Pedrito estaba nervioso optaba por dar toda una retahila densa, enrredada, aveces hasta incongruente sobre autores, pensamientos, historias, haciendo un sancocho hipotético que fácilmente provocaba una indigestión por varios días.

Iván lo miró molesto, y dijo, ahora no. Se acercó y se despidió con un tibio beso en mi mejilla, y un seco hasta pronto, para Pedrito

Tal vez si mi amigo no hubiese estado tan ansioso, si hubiese callado por un momento, mientras su amiga lograba hacer su sueño realidad, otra sería la historia. Pero hoy años después, entiendo que tal vez, ese era también el sueño de Pedrito, y que no todos logramos tener una calma expectante ante la posibilidad de hacerlo realidad. Ya lo perdoné, pues aunque Ivan cepeda, tal vez estaba destinado a ser el padre de los cuatro hijos que podría haber tenido con él, y aunque tal vez estaría escribiendo a mi lado, en vez de estar tan enrredado en los agarrones con Uribe, y aunque tal vez, otro se encargaría de tantas denuncias que él lidera acuciosamente en el senado, y aunque él y yo más bien viajaríamos por pueblitos y ciudades, y aunque yo engalanaría mi pantalla de celular con una foto de su mirada, y aunque quizás mientras yo cocinara, él seguiría leyendo a Foucault, o quién sabe si ya lo hubiera redimido de ese lastre; y aunque toda esa posibilidad estuvo en un feliz instante, eso creo, pues ...Pedrito era mi amigo.

Algunos meses después, Pedrito me confesaría de manera extraña su amor, no por Ivan, sino por mí...qué curiosa es la vida, en esos años de la inocencia juvenil. Hoy cuando ha pasado mucha agua por nuestras vidas, no nos volvimos a encontrar, ni con IVAN, ni con mi AMIGO.

 

 

Mi amigo Pedrito

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