Danela yace sentada en el suelo, sacudiendo artísticamente su cuerpo en el amasar de la arcilla sobre la mesa circular. Sus manos se pierden en su eterna compañera, maleable greda que aprieta y esparce para crear inmortalidad. Escasamente se alcanza a descubrir sectores desnudos de la piel en su brazos, pues capaz húmedas y secas de barro grisáceo le han atrapado sin quererle abandonar.

Joel inmortaliza esa cálida escena que jamás cabeza alguna dejará de recordar. Aproxima lentamente su cuerpo, hasta mezclar sudores varoniles del pecho con las femeninas humedades de su espalda. Sus mejillas se rozan en leves caricias, mientras sus brazos llegan desde atrás envolviéndole en romántico abrazo. Se huele el aroma de su amor, se degusta un exquisto bocado de sabor a pasión. ¡Como se enredan esos rizos de Danela con los cabellos prolongados de Joel! Se observan relámpagos chispeantes que envuelven la escena; mientras los sonidos de truenos descubren altas corrientes circulando al hacer contacto con su piel. ¡Mágica estética y sensual! solo posible entre una blusa sin mangas y franela en libertad. ¡Oh Danela! ¡Oh Joel!, ¡Oh Joel! Oh Danela! por donde comenzar. Un amor inmortal como no habrá par. El verdadero "Encuentro de Amantes" en el que al final solo uno quedará.

Desade afuera se observa un peculiar Bergantin aparcado en el muelle de las bocas, en el río del amazonas. Se agitan las aguas extremecidas por el combate mortal que al interior se libra. Una cita pactada para definir cual finalmente será el vencedor. Se escuchan espadas en choques frenéticos; se lamen una y otra vez. Los sonidos recrean un juego de mucha intensidad. Chillan sus filos peligrosos tratando de romper la defensiva del adversario. gotea el sudor que se desliza por la piel de los combatientes. Los aullidos y lamentos evidencian los impactos de las armas sobre los cuerpos.  Sin duda son dos guerreros excelentes que no sucumben al primero de los aciertos. Dos colosos guerreros que con el tiempo más que derrumbarse, se fortalecen. ¡No hay descanso! La sinfonía continúa en tonadas acompañadas por voces, respiros y chasquidos de metal: fuertes y escandalosos; como compitiendo unos entre otros por ganarse un público de oyentes y de espectadores inesperados.

La batalla es de un calor enorme; así lo revelan los vidrios vaporosos de la borda izquierda del bergantil.

Desde afuera es imposible ver. Los eventos recrean imaginariamente la escena de un duelo a muerte, con la emocionalidad de caballeros antiguos ofendidos en su honor, por el amor de una doncella. Gritos simultáneos de nombres en intimidad ¡Joel! ¡Danela! preceden al golpe seco de la caida de un cuerpo. Alguien sucumbe finalmente al filo brillante de su verdugo.

No hay suficiente tiempo para imaginar quien es; surgen luces brillantes desde el barco,  que pululan en todas las direcciones, sonidos crujientes les acompañan, candelillas crecientes juguetean a mezclarse en chispazos incadescentes revoloteando por todo el lugar. Y viene el ¡Cataplum!...

Vuelan pedazos de madera, las aguas se cortan de manera agitada y en un gran torbellino el que era un hermoso Bergantin  se esparce en multidud de pedacitos de vidrio, de artes milenarios, de sillones coloniales, de trapos y vestidos hechos hilos; todo un museo revolcándose por doquier. Finalmente todo desaparece por el lado sur de la playa del río, allí donde el horizonte se confunde  en medio de una dormida montaña y el roncar de las viejas arboledas.

De entre los múlriples rastros llama la atención uno, mantiene en medio de tal caos su blanco color. Planea entre aquel violento remolino de objetos, descendiendo lentamente hasta posarse sobre la superficie del río. Queda extendido, expuesto. Su forma artísitca esta estrategicamente diseñada para acoplarse al cuerpo de una  mujer. Sus rasgaduras relatan el ostracismo al que fue sometido de facto al ser arrancado de su dueña. Más su memoria está intacta recordando la deliciosa forma de dos cornudos senos albergados de manera sensual. Se deleita amante el Amazonas Suramericano al recibir tal trofeo de batalla. Le abrazan sus aguas tocando humedamente los bordados tejidos de feminidad. ¡Ah! Que exquisto bocado devora hacia su más oscura profundidad.

De cuerpos no hay rastros. Solo queda en el ambiente los ecos de espadas guerreras y cuerpos de amantes, entregándose con apasionada libertad.

 

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