Vivimos en una sociedad paranoica.

La anterior sentencia tiene al menos dos propósitos: por un lado, introducir a esta nota y, por otro, mostrar de modo autorreferencial una arista básica del pensamiento paranoico: atribuir a otro un estado mental del que, aunque no podemos estar plenamente seguros, sostenemos como una certeza.

Por supuesto, el pensamiento paranoico supone una atribución, pero no cualquiera. Es sabido que lo que define a la paranoia es la atribución a un otro de una mala intención hacia nosotros. El mundo de un paranoico está pleno de espías y perseguidores que pretenden perjudicarnos.

En este artículo no pretendo incursionar en el rigor del análisis psicológico y/o psiquiátrico de la paranoia, sino señalar algunos aspectos en que el pensamiento/sentimiento paranoico aparece en la vida moderna, tanto a nivel de nuestra experiencias personales cotidianas como en el análisis social expresado en ensayos socio-políticos y en discursos mediáticos.

Antes del advenimiento del lenguaje psiquiátrico no se hablaba de paranoia. Simplemente, se “pensaba mal de alguien” en relación con uno. En esa magnífica cristalización de sabiduría, representada en los dichos populares, la paranoia ha sido magistralmente sintetizada en la expresión “piensa mal y acertarás”.

La sociedad paranoica de nuestro tiempo
1)La realidad del sentimiento
Hoy asistimos a una sociedad que se va tornando cada día más paranoica. En este apartado no está bajo análisis la legitimidad o veracidad de los hechos a los que se refieren los pensamientos y sentimientos paranoicos. Sí interesa resaltar que esos sentimientos que -en tanto tales- siempre han existido, hoy parecen agudizados en tendencia creciente.

Mientras la fantasía del “Gran Hermano” formulada por Orwell comienza incipiente pero irreversiblemente a plasmarse en tecnologías y prácticas tales como: cámaras ocultas, radares satelitales, antenas GPS, circuitos cerrados de filmación, teléfonos “pinchados”, cámaras Gesell remotas, spyders vigiladores de Internet, bases de datos de marketing, consultoras de reclutamiento de personal que rastrean redes sociales y otros sitios de Internet en pos de huellas comprometedoras para los postulantes y -en fin- en toda una parafernalia de dispositivos que consolidan el colosal mercado de la vigilancia. Y Mientras aquella pesadilla imaginada por Jeremy Bentham en el Panóptico (cuya lógica ha sida magistralmente explicada por Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”) aparece plasmada de modos sutiles y salvajes en los dispositivos modernos de vigilancia y control; lo cierto es que, casi silenciosamente, nos dejamos ganar por la paranoia.

La paranoia comienza a penetrarnos de modo tan sutil que ni siquiera nos damos cuenta. Note el lector, que la adjetivación ampulosa de la frase anterior (y de otras, más arriba) encierra un sentimiento profundamente paranoico.

Lo que parece cierto es que el sentimiento paranoico se desgrana en una serie de “subgéneros” emparentados.

Así, en nuestra vida cotidiana, en un acto tan trivial como caminar por la calle, a menudo asistimos a una especie de “paranoia en espejo”, cuando sospechamos que los demás sospechan de nosotros; o asistimos a una especie de “paranoia recursiva” cuando estando en alerta defensiva escudriñando a posibles atacantes, a menudo descubrimos en la mirada del otro que éste nos ha sorprendido “in fragantti” en nuestra transitoria posición de espías (“¿Pero Ud. no estará desconfiando de mi, no?”)

Tomadas en conjunto, las anteriores manifestaciones revelan que cuando se ingresa en la lógica paranoica resulta difícil salir. Porque en su núcleo, y en términos comparativos con el narcisismo histérico (otro mal de la época), si éste último consiste en aparecer para después esconderse; en la paranoia, en cambio, se trata de esconderse para ver si alguien aparece espiándonos.

En el lenguaje político y en su cobertura mediática la paranoia también está a la orden del día. Así resultan recurrentes las hipótesis conspirativas, las sentencias sobre operaciones de prensa, la omnipresente sensación de que una cofradía pequeña pero poderosa maneja secretamente los hilos de los acontecimientos grandes y pequeños, etc.

2. El problema de la verosimilitud de los hechos a los que refiere la paranoia
Si yo fuera el lector y además un abogado en juicio, probablemente diría: “Objeción: ¿pero acaso a veces la paranoia no es necesaria para protegernos del mal ajeno; o es que Ud. está queriendo decir que sólo se trata de fantasías y que el mal ajeno no existe?”

Por supuesto, cualquier juez debería dar lugar a tan atinada objeción. Lo cual nos conduce al núcleo más espinoso del problema de la paranoia, y, en particular, la de nuestro tiempo.

En un magnífico texto sobre psiquiatría existencial Ronald Laing, un psiquiatra escocés mentor de la llamada corriente de anti psiquiatría, advierte sobre una laguna notabilísima en la geografía de los desórdenes mentales.

Laing, muy atinadamente, señalaba que en la nomenclatura psiquiátrica de la época no existía un término que permitiera distinguir a la paranoia referida a una amenaza imaginaria, de aquella referida a una real. En rigor, Laing destacaba algo muy básico: cuando el sentimiento de paranoia se aplica a un perseguidor real, el supuesto paranoico es un sujeto sano, mientras que es el perseguidor real quién en verdad podría resultar insano. El reclamo específico del psiquiatra escocés era que la eventual patología de tal perseguidor carecía de entidad en el pensamiento psiquiátrico de la época (y quizás se extienda también a la actualidad)

La moraleja es sencilla. Del vasto conjunto de enemigos e intenciones malsanas que atribuimos a los demás, una parte es imaginaria y por ende achacable a nuestra propia debilidad; pero otra gran parte no es más que el reflejo adaptativo con que contamos para poder prevenirnos y defendernos de acechantes reales que traman en silencio la ocasión de infligirnos algún perjuicio.

Conclusión:
La creciente tendencia hacia la paranoia social es uno de los tantos males de la época en que nos ha tocando vivir. Dadas ciertas características de los tiempos modernos, un poco de paranoia representa un mal necesario que no debemos eludir en pos de nuestra propia supervivencia. Pero, lo malo es que demasiada paranoia nos acerca a lo peor de la pesadilla orwelliana. Sin duda, no se puede andar por la vida con la cándida ingenuidad de un niño. Pero una existencia montada sobre la base de que el enemigo acecha ahí donde menos lo esperamos, tampoco parece demasiado interesante de ser vivida.

El lector se preguntará entonces cuánta paranoia será la justa y necesaria. Pregunta que, por cierto, resulta imposible de responder.

Quien escribe estas líneas, al menos abriga la esperanza de que el futuro no sea peor que el presente. Por lo demás, ese lugar idílico donde unos y otros podían confiar entre sí (al margen de la cuota de maldad humana que siempre existió) creo que está perdido entre los gratos recuerdos de cuando podíamos dejar abierta la puerta de casa, y creíamos al menos un poco en quienes tenían la misión de gobernarnos. Creo que algún lector se estará preguntando si ese momento idílico existió alguna vez, pero tal vez ese lector no exista y sólo se trate de que mi paranoia me está jugando una nueva mala pasada!

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