Cada mañana al alba, escondida entre las cortinas de mi ventana, te veia pasar. Tu pelo enmarañado, tus ojos cansados, y esos andares... mi amor... Partes hacia el mar, a lo más adentro, a veces venias contento, te lo notaba en la mirada, y otras en cambio, cabizbajo y triste.

Mientras sueltas las redes, me preparo para ir al colegio, ¡quien te lo iba a decir! Esa chiquilla de largas trenzas y pecas en la cara que piensa en tí.

Cuando vuelves al atardecer, sentada en el escalón de mi casa te espero, me gusta imaginar que te pertenezco, que me amas como yo te amo a ti. Te veo llegar a lo lejos, entonces mi corazón pega un brinco, me pongo de pie. Pasas por mi lado y siento el aire que roza mi piel, cierro los ojos e imagino que me miras, ¡si! pues ni siquiera me ves.

¡Cómo hubiese querido que al menos supieras que existía! Pero partiste a otros mundos, otras tierras, ¡cómo lo iba yo a saber!  Y aquella mañana te esperaba, entre visillos miraba y no te veia aparecer. Y por la tarde te esperé, allí estaba yo de pié, esperando ver tu figura entrar por la estrecha calle, pero no te ví, y una gran tristeza invadió todo mi ser.

Allá, desde dónde estés, quiero que sepas que una chiquilla piensa en tí, y voy a la playa, y escribo tu nombre en la arena, ¡mi amor! y desde allí, te envio un mensaje dentro de una botella.

 

 

 

 

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