Hoy, muchos argentinos estamos tristes por el fallecimiento del Presidente Raúl Alfonsín.
Sin duda, detrás de esa tristeza colectiva habrá razones personalísimas. Yo sólo puedo aquí hablar de lo mío, con la intuición esperanzada de que parte de lo que a uno le pasa, probablemente pueda también reflejarse en otros.

No fui un Alfonsinista. Pero voté a Raúl Alfonsín. Y, como tantos otros también me ilusioné.

Soy del 57. En el 83, éramos tan jóvenes!

A pesar de mi espíritu escéptico, abrí mi corazón a la Ilusión de la Democracia.

En aquella época era fácil dejarse tentar por la idea de que con la llegada de la Democracia nuestros sufrimientos acabarían, o se amortiguarían.

Ahora que lo pienso, cuando escuchaba a ese Alfonsín joven y lleno de energía decir con firmeza “Con la Democracia no sólo vota, sino que se come, se cura y se educa”, internamente me dejaba llevar por una magia que traducía aquella promesa en una mucho más vasta: “Con la Democracia vamos a ser más Felices”

Por supuesto, sabía plenamente que ni la mejor Democracia puede curar los males del alma y de la existencia, pero la clave del vínculo establecido con el Alfonsín de aquellos días era apostar a la utopía de que los días que vendrían serían más luminosos.

Y en ese vínculo mágico que a veces se establece entre un líder y un pueblo, Alfonsín pasó a ser “Raúl”, un “Padre fuerte pero a la vez amigable” capaz de sacar a la sociedad argentina de uno de los abismos más grandes en que había caído: “Raúl, Querido, el pueblo está contigo!”

Por supuesto, después vino la realidad. Con sus claroscuros. Como tantas cosas en la vida, Alfonsín fue también luces y sombras.

Entonces, como era lógico, los que no éramos del mundo de la militancia política simplemente seguimos con nuestra vida. Aplaudiendo los muchos y grandes aciertos y enojándonos por los sendos desaciertos de aquel primer gobierno de recuperación democrática.

Y después de tantos años, y tantas desilusiones de la política, pero también de la vida, hoy tuve la necesidad de acercarme al Congreso.

Y lo que sentí fue el amor y la tristeza de los que allí estaban. Y al escuchar de nuevo eso cánticos: “Raúl, Querido, el pueblo está contigo!”, “Alfonsín, Alfonsín”, mágicamente volví a trasladarme a aquella noche del 30 de octubre de 1983 o a la soleada tarde del 10 de diciembre en aquella Plaza de Mayo repleta, en las que –simplemente– me sentí feliz.

Señor Presidente, Raúl Querido, ahora que no lo tenemos, sólo nos queda recordarlo con cariño y calor ciudadanos. Agradeciendo lo mucho que nos dio y entendiendo que mucho de lo que no pudo ser excedió a su responsabilidad como estadista.
Lo vamos a extrañar.

“Raúl Querido, el Pueblo está contigo”

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