Es evidente que la escuela contiene en ella manifestaciones subjetivas y colectivas que si bien pueden no estar generadas por ella, las contiene y en muchos casos las sostiene.

Cuando evidenciamos los dramas diarios de niños, padres y hasta maestros, podemos sospechar que hay una escenificación teatral que llevamos a cabo en el colegio. Cada cual cumple un rol, cada cual se encarga de encubrir aquello que padece realmente. Los padecimientos externos se vuelven solo ecos no confiables de almas atrapadas en sufrimientos, avatares, sin salidas que se convierten en un tipo de comportamiento de acuerdo a su rol.

Diríamos que quien ejerce el papel de estudiante lo manifiesta desde el silencio hasta el ruido ensordecedor que busca acallar sus propios fantasmas, o quien ejerce labores docentes o de maestro, puede manifestarlo con su aparente exigencia, detallismo en las faltas ajenas, mecanismos de imposición, como maneras de escabullirse a su interior; los directivos organizan, formaten, tratando de encapsular la fragilidad de sentido de lo que hacen; y los padres culpan, se ausentan, se escudan, se mueren.

En medio de ese panorama, empieza una VIDA DIARIA llena de tareas. La mayoría alejadas de alguna articulación con la existencia de alguien, se vuelven requisitos entre unos y otros como una manera de garantizar su permanencia. Se crean slogan, parapetos, y hasta pancartas de perfiles de guerra, pero ellos son solo la distracción de un día, que hace que lo fundamental no acontezca en medio de discursos, molestias, exigencias y cumplimientos también. En donde agredirnos, culparnos, no escucharnos, se vuelve la práctica de solidaridad, de ser humanos, o inhumanos.

Se rescata una posibilidad, un instante que solo se le permite a humanos envestidos de dramas pero también deseos, un instante de conexión, de alegría, en la clase, en el corredor, en el problema, en la reunión, en la cita, un instante para reir.

Allí David, un niño de 6 años, que es ciego, no de nacimiento sino por un accidente a los cuatro año, en medio de conversar, de reírnos juntos ante el descubrimiento de que está más que mueco, y del hecho ineludible que de manera ágil logra darme solo la mitad más pequeña de su dulce; David, en medio de la tristeza tal vez de quien lo escucha, en medio de padres que mueren cada día un poco, en medio de un sistema que considera que lo mejor para su vida es aprender a comportarse, en medio de un día de definiciones de custodias; David riendo me dice que es feliz viendo o no, como si eso no fuera fundamental, le pregunto y… entonces, qué te hace feliz? Me dice: correr!!

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