Alabanzas en la Mazmorra

Recuerdo que la jerarquía de la Institución tenía establecido los domingos día de alabanza, decretado por Constantino, el admirado pagano benefactor, muy a las ocho de la mañana, lloviera o hiciera sol, se efectuaba el oficio de la misa solemne, con la participación obligatoria de todos los alumnos, desde el más pequeño al más grande, de todo el profesorado, de todo el personal administrativo y hasta del servicio. Después de los prolongados cánticos gregorianos, imponentes alabanzas, rezos y letanías en latín, sermón con regaño y amenaza incorporada, estos sí, en fluido y colérico español para que no quedaran dudas, o las sofocantes toneladas de incienso, como remate de la pompa pretendida y ratificada siempre por todos estos apolillados y corrientes defensores, notables exponentes de la clase media.

Venía luego el juramento a la bandera y honores a la Patria. Desfilando con nuestros anacrónicos uniformes de gala, marcando el ritmo, el zapato de charol y la escuálida corbata negra que hacían parte integrante de la chocante indumentaria, marchando en perfecta formación nos íbamos alineando concentradamente en aquel árido patio principal. Los fríos muros de ladrillo, corredores, galerías y balcones monásticos que lo enmarcaban, servían de escenario y tinglado medieval para aumentar y reproducir el sonido de los acordes marciales en ecos y ondas que iban y regresaban retumbando con estruendo; una vez estrechamente acomodados llegaba el silencio y la autoritaria voz de mando imponente anunciaba leyendo con claridad como en el edicto del pregonero la lista de los estudiantes destacados y sobresalientes de la semana que terminaba, merecedores como premio mayor, el correr y subir velozmente siete pisos de la sombría torre, desde la cual al compás de las majestuosas notas del Himno Nacional, izar las banderas que dicen nos unifica. En ese solemne momento levantaba la mirada al cielo y pedía creyendo, implorando esperanzado de todo corazón, con la expuesta fe viva palpitando frenética de la limpia inocencia infantil que para la próxima ocasión fuese yo quien fuera mencionado para poder correr como un loco compulsivo escaleras arriba y allí, jadeante y extasiado, con el viento en la cara pensando en mis seres queridos y envuelto en el tricolor de la patria, ser reconocido y admirado por todos como el héroe de la jornada. Al terminar la función mis sueños tristemente se desvanecían como bomba de jabón; consciente que con mis exiguas calificaciones y perdido ánimo, nunca, y así fue, tendría acceso a ser partícipe activo de tan magno espectáculo. Se iniciaba la vida con sus limitaciones humanas, siempre predominando el ardiente deseo por encima de la fría realidad.

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