Alguna vez habremos escuchado decir: «me buscan la sin razón», «me hacen la vida imposible». Estas frases bosquejan un fenómeno denominado acoso moral (o acoso psicológico). Consiste en un hostigamiento sistemático basado en la burla y el desprecio, donde las agresiones son veladas y se infligen con el fin de destruir emocionalmente a una persona.

FASE DE DOMINIO.

Buscando que el maltrato pase inadvertido, el agresor no pasa directo a la violencia explícita sin establecer primero una fase de dominio. En dicho periodo las vejaciones se transmiten de forma disimulada, no se habla con claridad, se insinúa. El agresor usa tácticas diversas para desatar su violencia, por ejemplo:

Ningunear. Permanecer en silencio cuando se le habla, actuar como si la víctima no estuviera presente o cualquier uso del lenguaje no verbal que le comunique al abusado: «eres nadie», «eres una cosa, con las cosas no se habla».

Aludir. Lanzar indirectas hablando «en forma general»: «solo los mediocres aceptan esa clase de trabajos», «hay que ser retrasado para pensar así». También indirectas enfatizando limitaciones de la víctima o situaciones penosas: «cuando tengas hijos podrás entenderlo» (a una mujer estéril o soltera a edad madura), «cuando trabajes podrás tomar decisiones en esta casa», «con lo eficiente que eres… y las personas eficientes conservan su puesto de trabajo, ¿verdad?» (a un cónyuge que ha perdido su empleo o cuyo empleo peligra).

Insultar y elogiar. Adular a nivel verbal y ofender a nivel no verbal, o viceversa: «qué inteligente» (tono irónico), «qué idiotita» (tono «cariñoso»). También disimular el irrespeto diciendo algo positivo al mismo tiempo: «te quiero, pero la verdad eres un cero a la izquierda».

Descalificar. Menospreciar todas las aptitudes de la víctima, so pretexto de sus limitaciones, errores puntuales o «descuidos» en situaciones que no dependan de ella pero donde se le atribuye culpabilidad. Expresiones como «¿hay algo que sepas hacer?» o «no puedes ni con eso», esconden el mensaje «eres un completo inútil, un desastre total».

En la fase de dominio el abusador adopta una imagen de grandeza. Asume la posición de quien «sabe», y desde ahí cuestiona o critica cada acción de la víctima, incluso diciendo sandeces. Puede optar por no dejar a la víctima expresarse e insistir con obstinación en sus necedades. El objetivo es confundir, desestabilizar, paralizar. Debido a que la comunicación es difusa, al agresor le resulta fácil negar la hostilidad mientras hace efecto su veneno: «no me refería a ti, si te sientes aludido es por algo», «no estoy contra ti, te lo imaginas». La víctima no sabe qué está pasando ni cómo actuar, pero va interiorizando la crítica: «seguramente dije una estupidez», «debo estar haciendo algo mal», «es cierto, siempre tuve ese defecto».

VIOLENCIA MANIFIESTA.

La efectividad de este proceso radica en su constancia. No estamos frente a la violencia surgida en momentos de crisis, sino a un ensañamiento irracional y permanente. Los golpes encajados son inofensivos en apariencia pero su continua repetición socava el amor propio de la víctima. Conforme ésta se va debilitando el abusador justifica su maltrato y se preocupa menos en disimularlo, manipula a otras personas y las utiliza en su cruzada personal contra la víctima. Si la víctima no reacciona es juzgada como débil; de lo contrario, de ser quejumbrosa o conflictiva: «ven lo sensible que es», «se fijaron cómo reaccionó, qué tipo más problemático».

RELACIÓN AGRESOR – VÍCTIMA.

Los agresores son personas insatisfechas e imposibles de contentar. Nunca tienen suficiente, son incapaces de dar y desmesuradamente exigentes. Actúan como zombis o vampiros en la vida real, vacíos en su interior, carentes de vida, absorbiendo la energía de otros para sustentarse. Celosos de la felicidad ajena, la asfixian por donde quiera que la vean florecer. Sus presas potenciales son personas que muestran abiertamente su alegría, un poco ingenuas para desconfiar de malas intenciones y con una pizca de melancolía y tendencia a culpabilizarse. También quienes posean dones que el agresor pueda envidiar: sensibilidad artística, habilidades comunicativas, valores morales, etc. Con implacable ausencia de empatía, el agresor humilla a la víctima hasta despojarla de las virtudes que detesta.

La víctima no es depresiva ni masoquista en el sentido patológico, el agresor aprovecha la parte depresiva y masoquista de ella para arrastrarla a su visión de la realidad: «te voy a enseñar lo cruel que es el mundo». La víctima se vuelve un chivo expiatorio donde el agresor descarga todo su resentimiento y frustración.

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