muchas mujeres

Acéptate tal y como eres.

“Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: Por qué me hiciste así? “

Hoy en día mucha gente está decidida a realizarse cualquier procedimiento a cualquier precio, con tal de convertir su ajado cuerpo en un estuche último modelo, tal como lo requiere y hasta le exige la sociedad moderna. Una de las contradicciones más grandes de los seres humanos, es que muchos no están contentos con su apariencia física, y este ha sido el principal motivo de preocupación en estos tiempos modernos en que la ciencia y la tecnología ofrecen nuevas posibilidades de rejuvenecimiento, de un cambio extremo como se denomina, tendiente a conseguir la llamada figura “ideal.”


Cantidades de personas están dedicando su mejor tiempo, energía y dinero, en modificar eso físico que le quita el sueño: nariz, mentón, piernas, cintura, pechos. Los blancos quieren ser negros; los negros sueñan con ser amarillos; las pelirrojas, añoran ser esbeltas, y todas en general tener más o menos “cola”. Nadie está conforme, pasan por el proceso, a cualquier costo. Y si esos tratamientos tortuosos de no comer, o comer y vomitar, no dan resultado, entonces se dirigen al quirófano en busca del implante, del bisturí que recorta, separa, agranda o achica.

 

Esta idea desenfocada de la belleza ha hecho que inclusive, a través de afiches, estampas, películas, estatuas, murales, y más, se nos entreguen cualquier cantidad de versiones físicas de Jesús niño, de Jesucristo Hombre, de María… con cabellos rubios, ojos azules, tez nacarada, al puro estilo Hollywood; alejada totalmente de la fisonomía autentica y real de los pobladores del Medio Oriente, como corresponde.

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Queridos lectores, es cierto que todos estamos obligados a cuidar y dar cuenta a Dios de nuestro cuerpo (que es su santo templo), pero eso no significa que debamos auto rechazarnos, por soberbia o vanidad, y salir desesperados en busca de aditivos para aparentar lo que no somos. Preocupémonos de nuestra apariencia, pero sin permitir que ello se convierta en una obsesión, más importante que el amor a Dios y al prójimo.

 

El Señor dice en su Palabra: “No mires su apariencia ni lo grande de su estatura, porque yo lo deshecho, porque Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos. Pero Jehová mira el corazón” (1. de Samuel 16:7).

Como obras de Dios que somos, pidámosle sabiduría y discernimiento para aceptarnos en nuestras debilidades, sin ponernos a cuestionar sobre su diseño al hacernos.

corazones

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