Permítanme exponerles lo que siento. Lo que diferencia al hombre del resto de seres vivos es su capacidad para razonar. Apoyándose en la razón, la inteligencia se desarrolla en mayor o menor medida, y permite la comunicación con los que te rodean. La forma de realizar esta comunicación varía según las aptitudes de cada uno; algunos explotan la magia de los gestos con sabiduría. En otros, la oratoria engrandece su personalidad. A muy pocos les basta sólo con la mirada para provocar reacciones ajenas. Y los menos manejan el arte de escribir como una prolongación fantástica de sus pensamientos y emociones. Este arte es tan noble e imperial, que permanece reflejado en el devenir de la historia, llegando a formar parte imprescindible de la misma.

Es muy difícil innovar y crear al plasmar sobre papel lo que se siente; el estilo inimitable y personal del escritor no se contagia, no se puede copiar por mucho que se intente. Se nace con ello y, con formación y cultura, se pule y se moldea. Pero el fondo es impenetrable. Es único y no se transfiere. Por lo tanto, duele observar cómo, en ocasiones, alguien torpe y descuidado pretende adquirir grandeza sirviéndose de la inspiración de otros. Los plagiadores destruyen la oportunidad de descubrir el talento y la clase, adornándose con falsos oropeles de conocimiento; son, en consecuencia, una subespecie que se caracteriza por su ínfima catadura moral y por su nulo nivel cultural. Hay que buscarles, identificarles, descubrir sus artimañas y no darles pábulo. Hacen un favor muy flaco a la creatividad libre y espontánea y, de seguir campando a sus anchas, acabarán triunfando sobre el buen narrador de ideas. Inspira mucha tristeza.

No quiero parecer vanidoso, soberbio o arrogante al escribir estas palabras. Soy un simple aficionado que aprovecha esta forma de espresarse para mostrar sus sentimientos. El contenido de este artículo viene dictado por la utilización fraudulenta que se hizo por parte de un diario nacional de una sencilla y miserable carta enviada por mi. Dicho periódico fusiló mi misiva para publicarla bajo otro nombre. Se sirvieron de mis simples palabras para dar forma y de mis lerdas ideas para dotar de significado a otro manifiesto. Conozco mis limitaciones y manejo mi nivel cultural como buenamente puedo. Por eso no entiendo que alguien, profesional del periodismo, necesite valerse de lo poco que aporta un aprendiz de aprendices como yo para elaborar su trabajo. Por consiguiente, no es la soberbia, ni la arrogancia ni la vanidad (Dios me libre, y perdón si parece tal cosa) las que me han guiado. Ha sido simple y llanamente, el orgullo. Y el orgullo es lo único que no nos pueden quitar a los pobres. 

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: