La violencia contra las mujeres es un fenómeno social que aumenta constantemente a pesar de que el mundo “evoluciona”. Parecería que el respeto a la mujer y el control emocional de quienes se consideran con derechos sobre ellas (maridos, parejas, etc.) esta muy lejos de ser el óptimo y aún así creo que existe muy poco interés social en tomar los recaudos realmente necesarios para evitar tanto las situaciones de riesgo como los hechos en sí mismos.

Creo también que socialmente se minimizan las agresiones físicas, emocionales y sexuales contra las mujeres buscando siempre la causa en la propia víctima, soslayando su derecho a pensar, sentir y actuar como solo ella decida y excusando a los victimarios o cuando menos tratando de entender su comportamiento. Tanto así que en algunos informes  estadísticos se suele poner una tacha de “normalidad” en los homicidios por violencia familiar, es como decir: “no se preocupen, no hay un nuevo asesino serial, son solo casos normales de hombres que mataron a sus mujeres!”; así, si el hombre mató por celos, es que el amor lo volvió loco!, si fue engañado, es que la mujer forzó la situación!, si no era correspondido en el afecto, es que la quería demasiado! y entonces resulta que aunque vayan presos nos compadecemos de ellos y los absolvemos aunque más no sea en nuestro interior.

Es característico también que algunos homicidas se conviertan en baluartes del machismo y poco menos que en héroes del género por su “hazaña”, tal es el caso en Argentina de Ricardo Barreda, un odontólogo que, aduciendo que lo trataban mal, no tuve reparos en matar a sangre fría a su mujer, a sus dos hijas y a su suegra. Pero observemos donde ponen el foco de la atención sus congéneres: Una crónica de los hechos de esos tiempos dice: “En este gesto paradigmático, el hombre que acaba de asesinar a sus dos hijas, a su esposa y a su suegra, se preocupa por el resfrío de uno de los peritos y encarga un paquete de pastillas”.                         Cuando Barreda acude a la Asesoría Pericial, donde le practican veinte entrevistas psicológicas, uno de los peritos  actuantes confiesa sin remilgos: - Me hubiera gustado ser su amigo!

Después del juicio y la condena, Barreda sigue mostrando su disposición empática. En las dependencias donde le toca estar alojado, todos quieren pertenecer a su grupo, colaborar o trabajar con él. Cada vez que llega a la Facultad de Derecho para rendir algún examen recibe muestras de simpatía, discurre amablemente con los que se le acercan y acepta con humor las cargadas que le hacen con respecto a la justa muerte de su suegra” (Leopoldo Mancinelli, 10 de abril de 2004). Sacando así la atención de la terrible y temeraria personalidad de este sujeto psicópata y egoísta que consideró mejor quitar del medio sus “molestias” en vez de  resolver primero sus problemas internos y luego su situación conyugal y filial que le permitían otras opciones (como por ejemplo el divorcio), contra la negación absoluta de opciones que le dio a sus víctimas. Y aún así cual muestra de patética, ignorante y decadente euforia se escucha a algunos hombres decir: ¡Grande, Barreda, ídolo!

Tomemos conciencia, veamos con que aporte nuestro contribuimos a estos dramas ante los que nos horrorizamos cotidianamente. No deformemos la realidad a nuestro gusto, la justicia objetiva es el punto de equilibrio de las cosas, no pretendamos irresponsablemente inclinarla hacia donde inmaduramente creamos que nos favorece más. Busquemos ante todo la verdad, la paz y la solidaridad pero no la que nos convenga sino la que deviene del trato igualitario y del respeto por la persona humana.

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