(Dedicado a la gente que posee un extraño apego a la incertidumbre de nuestra verdadera dimensión espiritual.)

 

Ayer anduve por Caracas. Las metas eran hacer unas compras, ver precios de unas tazas de porcelana que he de comprar –fotografiarlas- y traerme las piezas de la Pentium I que compré y dejé en casa de J.C. En mi última visita, comprendí lo absurdo de tratar de ahorrar dinero comprando algo “barato” y usado. ¡Le quité más de ½ día útil a mi amigo!

 

Llegué sobre el medio día. Hice una parada en la ciudad de Los Teques y visité a Liz en su taller de danzas y saludé a su hija. Al pasar cerca de la Plaza Candelaria –ya en Ccs- me dieron ganas de comerme un sabroso pan panilla. Entré a una de esas viejas panaderías que no han cambiado mucho desde los años ´80, y noté que el pan “Campesino” se veía más doradito.

 

-¡Dame uno de esos y ½ Lt de Yogurt líquido!  -Pedí al instante, antes de abarrotarse el local por la hora pico-.

-¡Señor, Señor! ¿Me puede regalar algo para completar mi comida?

 

Volviéndome en seco, del bello aspecto de esas vitrinas, puse la mirada sobre aquel desvergonzado negrito que me mostraba un par de bolsas plásticas con comestibles.

 

-¿Qué te dé para tu almuerzo? –repuse sorprendido- Si más bien tú deberías darme a mí, para completar el mío. ¡Mira lo que tienes! ¡Hasta ½ patilla! (sandía) y yo que pensaba comer una canilla -¡del hambre!- pedí un campesino.

-¡Es que necesito completar lo que voy a comer!

-pero ¿no estás viendo?... Un pan y un jugo es mi almuerzo.

-¡Bueno! –mudando el tono de voz- de todos modos ¡gracias! (que me sonó como a una ironía).

 

Ese hombre, que no estaba ni mal vestido, se dio vuelta y su edad no era superior a 45.

 

-¡Qué bolas! –me dijo un extraño que nos observaba- Hay gente que ya no tiene vergüenza… y, te apuesto a que si le hubieras dado algo, lo habría gastado en drogas o en caña.

-¡No lo sé! Pero ¿qué le iba a dar? Yo mismo estoy tratando de limitar mi presupuesto, y un extraño venido de la nada –viene- y me pide, ¡teniendo más comida que yo!

-Es que hay gente que le ve a uno la cara de pendejo –insistió, dándole un mordisco a su cachito e jamón.

-¡Ja, ja! No sé si sea por mi cara… pero si de ese modo pensó, lo habrá imaginado por el mensaje cristiano de mi franela… ¡No soy ningún guevón! Y, en todo caso, prefiero darle a todo aquel que esté en real necesidad: Visiblemente peor que yo.

-Si hubiera sido una viejita -¡todavía!- pero es un hombre joven… ¡Mejor que trabaje!

-Entiendo que se halle dificultades para hallar un trabajo ¡Yo también las tengo! Pero ¿Le viste el par de bolsas? ¡Tiene más que nosotros! Y viene a pedirme a mí… llamándome “señor”.

-¡Eso no es nada! Te piden dinero y, si les das comida en lugar de monedas ¡se te arrechan!

 

El extraño y yo conversamos un buen rato. La percepción era similar y ambos “almorzábamos”, con la modestia de ambos casos.

 

-¡No me estás preguntando! Pero ¡déjame darte un ejemplo!  La tarde de ayer, antes de volverme a mi casa, pedí a Dios ver a cierto hombre que sé necesita ayuda. Antes de que lloviese, en un giro cruzado de mis pasos ¡lo ví a lo lejos! Me acerqué, pues, ya caían algunas gotas y todo sucede tan rápido… ¡No es por presumir! Pues, mira lo que ahora me como: ¡le dí el 50% de mi diezmo! (hace tiempo quise ayudarlo, pero no tenía el deseo de “desprenderme”, pues, uno es tan egoísta a veces).

-¡Sí! ¡Te comprendo! –me dijo.

-Lo cierto es que él trató de agradecerme y, antes de que cayera en ese error, le dije: ¡Da gracias a Dios! Yo sólo soy un vehículo, un medio; es Él quien me da oportunidades de emplear lo que es Su dinero.

Mi interlocutor sorbió su refresco y se puso a un lado del mostrador que tenía al cajero, quien también oía a ratos, pero conversaba con otra persona.

 

-No soy de los que dé al Cura, o al Pastor evangélico, pero ¡es mi responsabilidad velar para que llegue a quien debe llegar! Sin embargo, ese hombre humilde -quien siempre me recuerda esos días en que solía predicar en público en aquella plaza- revela la nostalgia de una actividad que hoy no hago… ¡Hay que dar al quien lo necesite!

 

(¡Oh, Dios! Insisto en que seas Tú el que me confirme lo que he de hacer y he de decir -¡de tu boca!- Y no de los hombres).

 

-Es que, a veces, -me dijo el extraño- uno se equivoca. Uno es engañado por tanto mendigo, que uno es ciego para saber quien miente o quien necesita la ayuda realmente.

-¡Pero no es tu culpa! –me expliqué- Tú haces lo que puedes y quieres hacer todo bien. ¡No tenemos un detector de mentiras en el oído!

-Lo sé, pero es que nos duele tanta gente en lo mismo…

-Podría contarte cosas de lo que he visto, pero una cosa es “decirlo” y otra es vivirlo.

-¡Bueno! Pero nadie es adivino… ¡Mira como anda este mundo!

-¡Qué importa? Tú no eres como ellos y cada uno cumple su parte en el papel de sus vidas ¡Nosotros cumplimos! (o intentamos hacerlo). Las consecuencias son para los que nos mientan… ¿Por qué seguimos pagando el IVA? cuando –cierta persona- mintió al decir que dejaríamos de pagar ese impuesto (hablo del presidente Hugo Rafael). Ahora pagamos un 9 % ¡nos lo obligan en cada factura! Y gente del gobierno hace lo que le place CON NUESTRO DINERO (lo regalan aquí, y en otras fronteras)… ¿Qué tal si Dios fuera “Coño e´ madre”, como algunos se lo imaginan, y tuviéramos que pagar el diezmo –obligados- antes de canjear algún cheque o cobrar nuestro salario? Pues mira cómo son las cosas, acá en Caracas Uds. están obligados a pagar el “aseo” junto con los cargos del combustible eléctrico.

-¡Qué arrecho! –añadió- uno paga más dinero para que recojan esa basura y los buhoneros ¡ENSUCIAN! Y nadie les cobra… ¡Han ocupado las aceras y las calles! Como si tales espacios fueran “parcelitas”, que ensucian y obligan al peatón a brincar en medio de las calles.

-¡Ajá! –interpuse- pero Dios no es como muchos se imaginan. Uno paga más dinero por lo referente al aseo urbano, al impuesto de valor agregado (IVA), y lo que uno desea es poder disfrutar de esa luz que ciertos espacio ya no tienen… y estás obligado a pagar por “aseo”, conjuntamente con el servicio de la electricidad.

-¡La basura invade las aceras!

-¡Ja, Ja! ¡Tranquilo! –dije con ironías- para el año 2012 las profecías mayas se habrán cumplido.

 

Ensimismado, paladeando el gusto de mi yogurt de fresas, recordé la película “Doomsday 2012” y lo leído sobre las supuestas profecías mayas… ¡qué optimistas! ¿Cambiará la humanidad en tan pocos años? ¿Lo hará un total eclipse y una docena de terremotos? (confío más en la visión del mundo de hace 2000 años, II Timoteo 3:1-7, que en la “nueva” bolivariana o cualquiera que tuviera que ver con mi posición astrológica relativa).

 

¡Rico mi yogurt! (no comí todo mi pan).

 

Salí y me pasé hora y media chateando con Nik en Internet y, al encontrarme con JC, me deshice del fastidio de mi 2do error.

 

-¡Juan Carlos! ¡Te lo regalo! Has lo que quieras con esa vaina ¡No quiero un problema! Sino una solución... Si tú no estuvieras cerca ¿cómo haría para enfrentar los gastos de una PC presentándome tantos problemas?

 

Hoy, de camino a este Cyber donde transcribo, escuché mi nombre. Volví mi cara, tratando de reconocer si sería conmigo que hablaban o con otro… A lo lejos, no reconociendo a nadie, anduve otros metros, pero me llamaron más fuerte y claro, comprendí que no era una de esas bromas que la gente gasta en la calle.

 

-¡Antonio! –y me hicieron la debida seña para convencerme.

 

Corrí un poco. Tenía la sensación de que era alguien que me necesitaba, cerca de una escuela que me es conocida.

 

¡En efecto! Al rato, se dejó ver la Sra. Marisol, la hermana de mi ex esposa.

 

-¡Tengo rato llamándote!... Pero seguiste de largo.

-¡Te oí! Pero no sabía quien era y, como no te notaba, pensé que llamaban a otra persona con mi nombre ¡no a mí!

 

Sin mediar palabras, extendió su mano con un papelito. Dentro de mí, todavía pensaba que me necesitaba para solicitarme un favor, y recibiendo lo que ella me daba, pregunté qué quería.

 

-¡Nada, nada!... Es de parte de Dios.

 

Al tacto sentí un billete. No estando muy seguro de lo que me decía, insistí para saber, pues, normalmente no recibo nada de dinero sin trabajar.

 

-¿Pero no es para comprarte algo?

-¡No, chico! Se me ocurrió al verte pasar y, como en días pasados hablamos de las tazas que me comprarías -¿Ya me las conseguiste?- Te ví y quise preguntar.

-¡Aún no! –respondí, más bien sorprendido, ocultando mi emoción.

-¡Ah, sí! –descubriéndome el nudo al mirar en mis ojos- ¡No es nada!

-¡Déjame contarte, Marisol! ¡Testificar!, más bien, pues, Dios acaba de devolverme lo que dí a cierto amigo necesitado…

 

Le referí la historia anterior. Le conté que venía a contar, a PUBLICAR,  una porción de Su realidad (que no es insulsa divina “existencia”).

 

Marisol me animó a volver a la universidad. Me exhortó a enseñar más a mi hija y a la suya propia (cuando llegue a mayor edad: Tiene un par de añitos) y en fin –a ½ cuadra de donde les escribo- al visitar a mi amigo Franklin para contarle “brevemente” los sucesos, de improviso llegó mi amigo el pastor Eduardo Muñóz. El conjunto de personas reunidas completaron el cúmulo de varias experiencias que, tanto la pastora que hallé charlando con Franklin antes, me sirvieron para darme esa sensación de satisfacción de que no he errado mi Camino, mi Señor y mi Salvación, y cuán poco me importa que “aquel o aquella” crea en mí, sino que yo crea y entienda al que he de proclamar, bendecir y admirar hasta que mis huesos toquen un lecho oculto bajo tierra y termine mi historia: A Dios, en Cristo Jesús.

 

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