Comienzo.

Desperté con un tremendo dolor de cabeza. No me ubicaba en el tiempo ni en el espacio.

 

Las palpitaciones del corazón resonaban fuertemente en mi mente, era algo curioso.

La oscuridad era absoluta. De pronto los sonidos fueron llegando poco a poco a mi cabeza: un río lejano, el viento luchando contra altas copas de árboles, animales nocturnos que paseaban indiferentes quebrando la hojarasca  seca del suelo, empezaba a recordar, estaba en un bosque.

 

Quise levantar la cabeza, pero sentí como si mi cráneo pesara una tonelada, así que desistí, por algún motivo me dio un ataque de tos, la tremenda oscuridad no permitía darme una idea del lugar en donde estaba, pero algo era seguro, me encontraba sobre pasto, sentía la humedad en mi camisa.

 

Mi mano tomo un puño de tierra, y era húmeda, fría y arcillosa.

 

Por segunda ocasión intente levantarme, doble los codos y desee incorporarme, mas no tuve fuerzas, caí los pocos centímetros que mi cuello logro elevar la cabeza, y el golpe fue tremendo, exagerado diría yo, sufrí un inmenso dolor en la base de la cabeza, y esa espantosa oscuridad que no me permitía ubicarme.

 

Zempoala era nuestro destino favorito, acampábamos durante el fin de semana cada seis meses, religiosamente, sin pretextos. Nos parecía un lugar irreal, a hora y media de la capital, toda la agobiante rutina citadina desaparecía.

 

Las lagunas nos ofrecían relajantes ratos de meditación y el bosquecito nos ofrecía la privacidad que reclamábamos.

 

Cinco parejas buscamos este paraíso este fin de semana, Luis y Ana, Amadeo y Meche, Jorge Luis y Nancy, Homero e Isela, y yo quien en esta ocasión era acompañado por Beatriz, mi nueva conquista.

 

Habíamos llegado ayer, amigos de toda la vida, cada quien sabia que hacer, Luis buscaba el sitio para hacer el campamento, Homero prendía la fogata, Jorge preparaba la comida, yo mostraba el lugar a Beatriz, cosa que no les agrado mucho a los demás, parte por que en otras ocasiones yo era quien buscaba madera para la fogata y parte por que no terminaban de aceptar a Beatriz, el recuerdo de Liliana aun era muy reciente, hace apenas seis meses ella me acompaño, era ya la cuarta ocasión que lo hacia, y se había convertido en excelente amiga de Isela y Ana. Hoy la nueva del grupo era Beatriz.

 

El dolor de cabeza es inenarrable. La oscuridad espantosa, quise ajustar mi vista en mi mano, pero no lo conseguí.

 

En nuestros escapes semestrales cantábamos alrededor de la fogata, asábamos salchichas campestres, bebíamos cerveza y vino tinto, y por supuesto teníamos de los mejores encuentros sexuales que pudiéramos presumir. Si el clima lo permitía incluso lo hacíamos en las lagunas.

 

Así fue la vez pasada, Lili había estado tan feliz, incluso canto a capela la balada de moda, esa que dice: “Amo toda tu figura, modelo de lo increíble, bellaza y virtud en una, tu soltura perdona no dejas morir a nadie…”

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